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lunes, 11 de julio de 2011

Apuntes hacia una identidad mexicana I: José Vasconcelos


Estamos condenados a inventarnos
una máscara y, después, a descubrir
que esa máscara es nuestro verdadero rostro
Octavio Paz
La vida personal está hecha de elecciones. La imagen de cada individuo es un collage de expresiones ideológicas. Desde la cabeza hasta los pies mostramos una manera particular de vestirnos. Y es en los accesorios que utilizamos donde, quizá, expresamos más lo que creemos ser. Aretes, anillos, pulseras, relojes, corbatas, piercings, tatuajes y hasta implantes, son objetos que elegimos llevar con nosotros por un sólo motivo que va más allá del simple gusto superficial: la identidad.
            Si bien la búsqueda de una identidad, de nuestra identidad individual, no es sencilla, mucho menos lo es cuando hablamos de una colectividad. Ya sea que se trate de una pequeña comunidad o de un gran país, la identidad y definición es esencial para el desarrollo de una sociedad.
            En América, debido a las guerras de conquista iniciadas por Europa en el siglo XV, los pueblos indígenas sufrieron de un despojo cultural que terminó con la aniquilación de sus sociedades, dejando, como consecuencia, una pérdida de identidad. Los indígenas no pertenecían a occidente, pero tampoco al medio donde habían nacido, su imagen simbolizaba una raza sin raíces, un tronco caído incapaz de alimentarse de la tierra a pesar de permanecer sobre ella. Durante siglos, como judíos errantes, los indígenas sin nombre y sin pasado vagaron por lo que antes eran sus tierras en búsqueda de una nueva identidad, pues, intentar rescatar su pasado, era una empresa que sabían imposible.
1. Vasconcelos
José Vasconcelos es, quizá, la figura pública en pro de la educación más recordada en México. A pesar de las severas críticas que el filósofo y escritor mexicano –así como su obra– puedan recibir, es innegable que Vasconcelos desempeñó una labor lúdica como ningún otro de sus contemporáneos o predecesores. Su prosa es pausada y pulida y, sus polémicas ideas, adictivas –en el buen sentido de la palabra–. Leer a Vasconcelos es, para algunos, un exótico placer .
            José Vasconcelos nació –como Juárez– en Oaxaca un 27 de febrero de 1882. Desde muy joven estudió en los mejores colegios nacionales y extranjeros. Se recibió como abogado y fue miembro fundador del Ateneo de la juventud. Durante su carrera política ocupó altos puestos dentro de la Universidad Nacional –fue el noveno rector de la institución– , como secretario de educación y candidato presidencial, campaña que le fue saboteada y arruinada. Vasconcelos fue víctima de varios atentados contra su vida, vivió en el exilio en más de una ocasión y fue criticado por su pensamiento utópico, el cual se aprecia en su obra La Raza Cósmica publicada en 1925.
            La raza cósmica es un breve ensayo en el cual Vasconcelos explica el proceso de creación de lo que él llama "la raza cósmica" o "quinta raza". Si bien no todas las ideas de este ensayo son vigentes y aceptadas, el análisis utópico futurista es sumamente interesante gracias a las relaciones interculturales que se describen.
            Vasconcelos, con cierto temor, apuesta por el mestizaje como un medio de mejoramiento de la raza humana. Esta es la tesis central de su ensayo, el cual es, a grandes rasgos, una hipótesis de un posible futuro para la humanidad en el cual, si el mestizaje favoreció a la raza, el mundo será un lugar de prosperidad, pero si sucede lo contrario, y el mestizaje degrada la especie, se perderán las civilizaciones. A manera de ejemplo, Vasconcelos cita a la raza egipcia la cual, después de mezclarse, levantó el segundo gran imperio:
Se presume entonces que ya para la época del segundo imperio, se había formado una raza nueva, mestiza con caracteres mezclados de blanco y de negro, que es la que produce el Segundo Imperio, más avanzado y floreciente que el primero. La etapa en que se construyen las pirámides, y en que la civilización egipcia alcanza su cumbre, es una etapa mestiza. (Vasconcelos, 2010: XVI)
            Posterior al imperio egipcio, Vasconcelos ejemplifica el éxito del mestizaje en civilizaciones posteriores, estas son la griega, en primera instancia, y la romana en segunda. En ambas culturas el mestizaje se dio entre razas blancas a diferencia de la egipcia, donde se dio entre blancos y negros. Los ejemplos anteriores más otro correspondiente a la invasión de los bárbaros, son un preámbulo para justificar la supremacía de la raza Europea. Si el mestizaje es entre razas símiles el resultado es rápidamente positivo en cuanto al desarrollo de las nuevas razas, pero, si esta mezcla se da entre razas distantes, como es el caso de la europea y la prehispánica, los resultados positivos tardarán más en manifestarse, sobre todo, si no se da –también– una mezcla espiritual, como es el caso de los Estados Unidos de Norteamérica, donde las razas dominantes son las blancas, pero siempre en concordancia con la especie negra, que aportó una fuerza espiritual a la cultura. En palabras de Vasconcelos, los Estados Unidos fueron un crisol donde se fundieron las distintas clases europeas. El papel del blanco es fundamental para el mestizaje, es la raza que servirá de puente para la configuración de la quinta raza:
Es claro que el predominio del blanco será también temporal, pero su misión es diferente de la de sus predecesores; su misión es servir de puente. El blanco ha puesto al mundo en situación de que todos los tipos y todas las culturas puedan fundirse. La civilización conquistada por los blancos, organizada por nuestra época, ha puesto las bases materiales y morales para la unión de todos los hombres en una quinta raza universal, fruto de anteriores y superación de todo lo pasado. (Vasconcelos, 2010: 5)
            Aparecen justo después de la cita anterior, las primeras características de lo mexicano señaladas por Vasconcelos. Durante el periodo de la conquista, España consiguió para sí gran parte del territorio americano, mientras que los Estados Unidos se tuvieron que conformar con una parte del territorio del norte. Posterior a la revolución francesa, las diversas colonias europeas en América comienzan a luchar por su Independencia, tal es el caso de México, que comienza este proceso en el siglo XIX. Las guerras en América sucedían contra Europa y los mismos territorios del continente, y es en ese periodo cuando Estados Unidos comienza a conquistar nuevos territorios cada vez más al sur. La Nueva España perdió mucho de su territorio y, como consecuencia de la guerra de Independencia, decide romper sus relaciones tanto con los Estados Unidos como con el resto de los países latinoamericanos. Vasconcelos apunta aquí una cualidad de los mexicano, el resentimiento y el egoísmo. A diferencia de México, Estados Unidos nunca rompió sus nexos con Inglaterra y Austria y Vasconcelos afirma que los estadounidenses se sienten tan ingleses como los ingleses. Pero en México no es así, y el país se hunde en supuestos patriotismos egoístas sin darse cuenta que sigue bajo el mandato de los gobiernos extranjeros. México se escuda tras de su bandera, llamada "trapito" por Vasconcelos, para luchar por sus supuestos derechos y libertades cuando ni siquiera ha sido capaz de asimilar y aceptar su pasado indígena:
Si nuestro patriotismo no se identifica con las diversas etapas del viejo conflicto de latinos y sajones, jamás lograremos que sobrepase los caracteres de un regionalismo sin aliento universal y lo veremos fatalmente degenerar en estrechez y miopía de campanario y en inercia impotente de molusco que se apega a su roca. (Vasconcelos, 2010: 8)
El estado actual de la civilización nos impone todavía el patriotismo como una necesidad de defensa de intereses materiales y morales, pero es indispensable que ese patriotismo persiga finalidades vastas y trascendentales. Su misión se truncó en cierto sentido con la Independencia, y ahora es menester devolverlo al cauce de su destino histórico universal. (Vasconcelos, 2010: 8-9)
            El error en México fue haber renegado de nuestras tradiciones. Los Estados Unidos se emanciparon políticamente de los sajones, pero no tradicional ni culturalmente. Aquí se intentó cortar de tajo con el pasado y la sociedad quedó un vaivén que oscila entre la nada. Con la guerra de Independencia la supuesta nación mexicana se hundió más. Afirma Vasconcelos que la Independencia se vio desfavorecida cuando se  llevó a cabo con unos planes cuyos objetivos eran intrascendentales. La sociedad se conformó con fundar "nacioncitas y soberanías de principado". Había una obsesión localista, ciega a la búsqueda de un mundo mayor, el cual conquistaron los norteamericanos, pero a costa de eliminar a sus habitantes nativos. Caso contrario es México y, por tanto, es digno de resaltar ya que, quizá en la mezcla con la raza indígena, se halle la clave del desarrollo y perfeccionamiento mexicano:
[...] pero cometieron el pecado de destruir esas razas, en tanto que nosotros las asimilamos, y esto nos da derechos nuevos y esperanzas de una misión sin precedentes en la Historia. (Vasconcelos, 2010: 14)
            Los Estados Unidos tenían la misión de convertirse en imperio y por eso su tarea se ha logrado más rápidamente que la nuestra –según afirma Vasconcelos–, que no es sino perfeccionar la especie a través de un mestizaje basado en el amor y en la conciencia. Los Estados Unidos representan la figura de los últimos imperios de la raza blanca, sin embargo México, y en general América Latina, es el nuevo crisol donde confluyen las razas de todo el mundo. El mestizaje se da en todos los sentidos y en todas las razas, ya sea vía sexual o espiritual.
Tantos que han venido y otros más que vendrán, y así se nos ha de ir haciendo un corazón sensible y ancho que todo lo abarca y contiene, y se conmueve; pero henchido de vigor, impone leyes nuevas al mundo. Y presentimos como otra cabeza, que dispondrá de todos los ángulos, para cumplir el prodigio de superar a la esfera. (Vasconcelos, 2010: 18)
            Para que la civilización alcance su mayor esplendor es necesario que pase primero por dos etapas, las cuales la llevarán a una tercera y última fundada, no en las reglas, sino en la inspiración. Estos tres estados mencionados por Vasconcelos son: el material o guerrero, el intelectual o político y el espiritual o estético. Actualmente, según Vasconcelos, nos encontramos ya en el segundo estado perteneciente al mundo intelectual y, para llegar al tercer y final estado, es necesario atravesar unas pruebas necesarias en el desarrollo del ser:
Desgraciadamente  somos  tan  imperfectos,  que  para  lograr semejante vida de dioses, será menester que pasemos antes por todos los caminos, por el camino del deber, donde se depuran y superan los apetitos  bajos,  por  el  camino  de  la  ilusión,  que  estimula  las aspiraciones más altas. Vendrá en seguida la pasión que redime de la baja  sensualidad. Vivir  en  pathos,  sentir  por  todo  una  emoción  tan intensa, que el movimiento de las cosas adopte ritmos de dicha, he ahí un rasgo del tercer período. A él se llega soltando el anhelo divino para que alcance, sin puentes de moral y de lógica, de un solo ágil salto, las zonas  de  revelación.  Don  artístico  es  esa  intuición  inmediata  que brinca sobre la cadena de los sorites, y por ser pasión, supera desde el principio  el  deber,  y  lo  reemplaza  con  el  amor  exaltado.  Deber  y lógica, ya se entiende que uno y otro son andamios y mecánica de la construcción; pero el alma de la arquitectura es ritmo que trasciende el  mecanismo,  y  no  conoce  más  ley  que  el  misterio  de  la  belleza divina. (Vasconcelos, 2010: 25)
            En más de una ocasión Vasconcelos recalca la importancia de fundar la nueva raza en el amor, si los actos no son sinceros y desinteresados, la raza cósmica no puede estar completa. Para que esta nueva especie logre su aparición, las razas de todo el mundo deben ceder, olvidarse de toda pureza racial. La raza cósmica se caracteriza porque deja lo racional para vivir en la fantasía.
            El mexicano se desprendió del dominio español para caer en el norteamericano. Vasconcelos apunta que esto era inevitable aún cuando fuera previsible, pues es condición natural de los pueblos ser sometidos durante largos periodos, sin embargo, actualmente es reversible el yugo bajo el cual permanecemos si nos enfocamos en crea ciencia y vida propia: "Si no se libera el espíritu, jamás lograremos redimir la materia". (Vasconcelos, 2010: 30)
            La raza cósmica es un texto donde se habla poco del mexicano, pues la tesis central de este ensayo es recalcar la importancia del mestizaje en América y no realizar un estudio sobre la condición del mexicano. Vasconcelos, a través de diferentes teóricos –que van desde científicos hasta filósofos y religiosos– construye un discurso filosófico muy similar en estructura y prosa a los diálogos de Platón, incluso él mismo cita, casi al final de su ensayo a Fedro.
            Para Vasconcelos lo más importante era el amor y la belleza. La influencia grecolatina en su prosa y pensamiento es más que evidente. Escritores como él han habido pocos. Sin duda es un ejemplo de la gran calidad intelectual de la que gozaba la política de antaño.
                  La raza cósmica, como el resto de la obra vasconcelista, es una prosa que se debe leer con mucha minuciocidad so pena de caer en el error garrafal de la crítica insulsa. Vasconcelos creía en la ciencia, la filosofía y las culturas de la antigüedad. Su ensayo está repleto de referencias a Hermes Trismegisto, a la tabla Esmeralda, a Lemuria, a la Atlántida y los atlantes, a las tradiciones sagradas del antiguo Egipto así como a su enigmático Libro de los Muertos. Nos guste o no, el pensamiento vasconcelista es sumamente religioso y filosófico, evidencia de esto, además de lo ya mencionado, es la pitagórica conclusión que nos ofrece al final de su ensayo, donde nos demuestra cómo su pensamiento se ajusta perfectamente al número ocho, símbolo de la igualdad de razas, destino que, aunque sabía nunca vería, creía posible si los actos de los hombres, como los de Jesucristo, eran regidos por el amor a la humanidad entera, simbolizada por cuatro razas equivalentes, quizá, a los cuatro elementos primordiales manejados también por Pitágoras y que dan como resultado, después de su fusión, un quinto elemento, una quintaesencia –como en la alquimia–, una quinta raza, la raza final, la raza cósmica.

Bibliografía
        Paz, Octavio (2000). El laberinto de la soledad. FCE, México
        Ramos, Samuel (2011). El perfil del hombre y la cultura en México. Planeta, México.
        Vasconcelos, José (2010). La raza cósmica. Porrúa, México.



Descarga gratis La raza cósmica de José Vasconcelos en PDF:

viernes, 8 de julio de 2011

Cartas escaneadas del Tarot de Marsella restaurado por Jodorowsky y Camoin


Alejandro Jodorowsky, refiriéndose al Tarot, dice:
«El Tarot es un juego de cartas, pero de ninguna manera sencillo: es un instrumento creado por super-mentes misteriosas, una verdadera enciclopedia de símbolos, al mismo tiempo que un profundo estudio del espíritu humano. Es un juego que, viniendo del año mil o antes, es un precursor del psicoanálisis…
El Tarot es un test proyectivo, lo que quiere decir que los Arcanos tienen mil y una manera de ser interpretados, no son esto o lo otro, sino esto y lo otro y todo lo demás. Vemos en ellos lo que en ese momento somos. Hay un cuento que dice: “Un campesino al que se le desapareció una vaca. vio a su vecino con cara de ladrón de vacas, gestos de ladrón de vacas y voz de ladrón de vacas. De pronto, la vaca, que había estado dando un paseo por el monte, regresó al corral. El campesino vio a su vecino con cara de hombre honrado, gestos de hombre honrado y voz de hombre honrado”…
El ser humano se proyecta en cualquier cosa. En manos de un terapeuta hábil y bien preparado, cualquier herramienta es útil, ya sea el Tarot, el I-ching, la astrología, el eneagrama, los intestinos de paloma, los caracoles, los huesos de pollo, etc…
No hay que engañarse: todas las herramientas para detectar problemas en los que estamos sumidos provocan gamas de proyecciones subjetivas, tanto del consultante como del terapeuta. Uniendo ambas intuiciones, se puede llegar a descubrimientos esenciales. Pero, para ello, hay que dejar las dudas y aceptar la herramienta, cualquiera que ella sea.
Es indispensable eludir la idea que estos elementos de apariencia mágica, contienen una verdad determinada: deben ser manipulados con arte. Su valor consiste en las interpretaciones que se les proyectan. Si el terapeuta tiene talento establecerá relaciones entre símbolos, palabras o números y, gracias a esto, abrirá una puerta en su inconsciente para que le llegue, de una manera absolutamente no científica, una solución al problema. Todo está en cada cerebro.
El ego, en un eneagrama, puede ser ubicado en cualquiera de sus nueve números, pero el Ser Esencial es la totalidad, el eneagrama entero. Lo mismo pasa con la astrología: podemos encarcelarnos en un signo, pero en el fondo somos todos Zodiaco. Igualmente con el I-ching: cualquier hexagrama que las monedas nos otorguen nos dirá algo. Somos los 64 hexagramas al mismo tiempo, tanto como somos al mismo tiempo los 78 arcanos del Tarot. Lo importante no es la herramienta, sino quien maneja la herramienta.
El mago-terapeuta debe elegir un utensilio que le convenga y convertirse en su discípulo – sin necesidad de acumular otros-. Cuando haya incorporado detalle por detalle, relación por relación, interpretación por interpretación, hasta lograr que la herramienta forme parte indisoluble de su memoria, podrá, en estado de trance, entrar en contacto directo con el inconsciente del consultante y obtener sanadoras revelaciones.»

Las cartas que a continuación se ofrecen, fueron escaneadas del Tarot de Marsella restaurado por Alejandro Jodorowsky y Phillipe Camoin en la década de los 90's del siglo pasado.

Hasta ahora, este es el Tarot de Marsella que más se asemeja al original ya que, para su restauración, Alejandro Jodorowsky y Phillipe Camoin (descendiente de la familia Camoin, poseedora de las tablas originales del Tarot de Marsella) se basaron para su restauración en las tablas originales del Tarot que se venían utilizando desde hace siglos.


Los seis bloques de descarga que componen el Tarot de Marsella restaurado están conformados de la siguiente manera:
  1. Arcanos Mayores (22 cartas)
  2. Arcanos menores (Bastos: 14 cartas)
  3. Arcanos menores (Copas: 14 cartas)
  4. Arcanos menores (Espadas: 14 cartas)
  5. Arcanos menores (Oros: 14 cartas)
  6. Revés (lado o cara trasera) de las cartas (1 carta)
Cada bloque contiene las cartas indicadas. Todas fueron digitalizadas en alta calidad para su mejor contemplación.


A continuación se ofrece el enlace de descarga:
Una síntesis del Universo.

La Vía del Tarot de Alejandro Jodorowsky


Texto de la cubierta:


He aquí la obra más importante sobre el Tarot que se ha publicado en muchos años. Escrita por Alejandro Jodorowsky y Marianne Costa, los más recocidos expertos en el tema, que reúne la totalidad de sus conocimientos y enseñanzas prácticas sobre este enigmático lenguaje esotérico.
Los autores revelan la sorprendente precisión del Tarot, la perfección en sus relaciones internas, su asombrosa unidad geométrica y los misterios –aún no resueltos– de su origen. 
El Tarot, mucho más que una herramienta terapéutica, método de adivinación o base para la meditación y el auto conocimiento, es una verdadera catedral de bolsillo en donde se concentra toda la riqueza simbólica de Occidente. El Tarot acompaña y es el fundamento del recorrido de más de 30 años, artístico y terapéutico, de Alejandro Jodorowsky, que resultó en el desarrollo de este libro, sin duda la referencia más importante del siglo sobre el tema.
Marianne Costa y Alejandro Jodorowsky conciben La vía del Tarot como una variedad de facetas para que sea apoyo a los principales, instrumentos de reflexión a sus estudios y una guía práctica para todo público. Los capítulos de este manual exhaustivo permitirán al lector iniciarse en la estructura numerológica y simbólica de las cartas, comprender y estudiar uno por uno los veinticuatro arcanos mayores y los cincuenta y seis arcanos menores; pero también le abrirán la posibilidad de lanzarse paso a paso a la práctica, explorando las resonancias existentes entra las cartas y todas las estrategias de lectura, que permiten utilizar el Tarot tanto para uno mismo como para los demás.
Cada una de las partes del libro va precedida de un prólogo por los autores donde, en su característico estilo a medio camino entre la narración y la autobiografía, exponen la trayectoria de toda una vida, los encuentros, las coincidencias y los descubrimientos que les han llevado a elaborar su comprensión única del tarot. Además incluye la explicación e imagen del Tarot de Marsella.
El libro de La Vía del Tarot se ofrece en su edición digital de forma gratuita con el consentimiento de Alejandro Jodorowsky, a quien se le propuso escanear este magnífico libro y aceptó inmediatamente como lo prueban las siguientes imágenes:





Importante: Existen dos versiones electrónicas de La vía del Tarot. La primera es un escaneo completo del libro. La segunda es el libro en formato de libro digital (con texto manipulable), se aconseja descargar ambas versiones, pues en el libro con formato digital se han detectado ligeros errores ortográficos.

Para descargar gratuitamente La Vía del Tarot en su versión escaneada:


lunes, 25 de abril de 2011

¿Qué es literatura?



Definir "literatura" es una labor difícil. Cuando quien lo pregunta es simplemente un curioso, nos podemos limitar a dar una respuesta escueta, convencional, una respuesta construida a base de frases hechas, de lugares comunes: "la literatura es una de las cinco bellas artes, su labor está enmarcada dentro de lo tocante al lenguaje, al mundo de las letras, a la poesía, por ejemplo. La literatura trata de lo que está escrito". Dicho esto, nuestro interlocutor puede quedar satisfecho, sin embargo, si nos enfrentamos a un inquisidor más experimentado: un profesor, un doctor en letras o un escritor, quizá no sepamos qué responder: recurrir a frases hechas nos puede hacer pasar por superficiales, farsantes; y, recurrir al incómodo mutismo, seguramente no nos eximiría de que la crítica hacia nuestra persona sea menos severa.

            Seguramente, hasta antes de enfrentarnos a la introducción de Eagleton, nunca hubiéramos pensado que intentar definir "qué es literatura" sería una tarea tan ardua. Y es que la literatura, en un acercamiento frío y sencillo, se refiere a lo que está escrito, pero juzgar cuándo un texto es literario y cuándo no, conforma el núcleo de la discusión. En un principio Eagleton propone como ejemplo la frecuente asociación que hay entre literatura y ficción. La literatura aparentemente podría ser todo texto que es producto de la imaginación, de la invención, pero esto descartaría la literatura existente en torno al realismo, naturalismo o costumbrismo, donde la descripción, y no la invención de sucesos, son el eje central de la obra. Además, si aceptamos que la literatura es ficción e imaginación, descartamos la posibilidad de que ésta exista en textos filosóficos, históricos o científicos, por ser producto de la razón y "objetivación" de la realidad.

            Pero, si la literatura va más allá de la imaginación y de su calidad ficcional, ¿en dónde más puede descansar su esencia? Para los formalistas rusos, la respuesta sería en el lenguaje. De acuerdo a teorías de esta corriente, la literatura consiste en una forma de escribir, en una transformación e intensificación del lenguaje cotidiano apartada de los elementos artísticos y misteriosos que podrían estar presentes en el lenguaje literario. El formalismo considera al lenguaje en su aspecto más "puro", desprendido de cualquier aspecto ideológico, social o místico: el lenguaje se nos presenta como una máquina posible de examinar hasta en su detalle más ínfimo. No hay que olvidar que el formalismo era en esencia una disciplina lingüística, de ahí que su estudio sobre lo literario no viera más allá de las formas de lenguaje, dejando a un lado el contenido. La estructura impera sobre lo que se dice. El formalismo principió considerando a la obra literaria como un conjunto arbitrario de "recursos", de elementos, o funciones, relacionados entre sí dentro de un sistema textual total. Dichos recursos o funciones están conformados por sonidos, imágenes, ritmo, sintaxis, metro, rima, técnicas narrativas, etcétera. Lo específico de este lenguaje literario, decían los formalistas, es que deforma el lenguaje cotidiano. Al respecto, parafraseando a Eagleton, el lenguaje, en esa lucha contra el habla cotidiana, se ve forzado a preocuparse más por el discurso literario, provocando en sí una renovación. En resumen, para los formalistas, la literatura es una clase especial de lenguaje que contrasta con el lenguaje ordinario que generalmente empleamos. El reconocer la desviación presupone que se puede identificar la norma de la cual se aparta.

            Eagleton rescata una idea importante que a la mayoría de nosotros nos pasa desapercibida, sobre todo si nuestras áreas de desenvolvimiento son ajenas al estudio del lenguaje: y es creer que sólo existe un lenguaje. El lenguaje, tanto a nivel escrito como a nivel oral, se desenvuelve en varios niveles. Puede ir del habla vulgar y cotidiana hasta las formas más poéticas. Ya sea que se trate de un diálogo entre comerciantes, un discurso político o una cátedra universitaria, el lenguaje se desarrollará en códigos específicos que serán recibidos por un oyente que supuestamente cuenta con la competencia lingüística para codificar ese lenguaje. Dicho lo anterior, hay que agregar que el lenguaje, así como el valor que a éste se le dé, va a estar en relación con la sociedad y contexto en que se lleva a cabo. Es decir, lo que en un tiempo fue poético, puede que ahora no lo sea, debido a que los ideales y valores de las épocas cambian. La literalidad de un texto, así como su agente poético, quedan fuera de lo objetivo y responden a la adopción que la sociedad haga de ellas. En este sentido, hay que destacar la fragilidad del formalismo, pues entonces se podría decir que toda literatura es poesía, puesto que la lectura que podemos hacer del texto puede, o no, ir en ese sentido. Eagleton ejemplifica este caso con la leyenda que aparece en un anuncio escrito ubicado en las líneas subterráneas del metro. Según el autor, todo texto se puede prestar a ambigüedad cuando el lector cuenta con la competencia lingüística suficiente para atribuir un doble sentido, o más, a lo leído. Es decir, si el anuncio lo lee un niño, no lo entenderá de igual forma que un adulto, así como éste no lo concebirá como lo haría un ebrio, quien, posiblemente, podría cargar al anuncio de un sentido poético, cósmico, mágico. Así tendríamos que la literatura puede referirse tanto a lo que la gente hace con lo escrito como a lo que lo escrito hace con la gente. Podríamos decir que la literatura es un discurso "no pragmático". Al contrario de los manuales de biología o los recados que se dejan para un amigo, cliente, comerciante, etcétera, la literatura carece de un fin práctico inmediato, y debe referirse a una situación de carácter general. Algunas veces puede emplear un lenguaje singular como si se propusiera dejar fuera de duda ese hecho, como si deseara señalar que lo que entra en juego es una forma de hablar sobre una mujer en vez de una mujer en particular, tomada de la vida real. Este enfoque dirigido a la manera de hablar y no a la realidad de aquello sobre lo cual se habla, a veces se interpreta como si con ello se quisiera indicar que entendemos por literatura cierto tipo de lenguaje autorreferente, un lenguaje que habla de sí mismo.

            Con referencia a lo que es la literatura, Eagletón señala lo que quizá podría considerarse el núcleo del cual partir para definir cuándo un discurso es literario y cuándo no lo es, y dice: [...] no se puede definir a la literatura "objetivamente". Se deja la definición de literatura a la forma en que alguien decide leer, no a la naturaleza de lo escrito. Esto llevado de la mano con lo dicho anteriormente respecto a la importancia contextual temporal del texto que se está leyendo en determinado momento, ya que lo que en algún periodo histórico pasó por filosofía o ciencia, por ejemplo, hoy se puede enmarcar dentro de lo literario. Finalmente, no importa la procedencia de los textos, ya que si la gente decide que tal o cual escrito es literatura pareciera que de hecho lo es, independientemente de lo que se haya intentado al concebirlo.

     En este sentido puede considerarse la literatura no tanto como una cualidad o conjunto de cualidades inherentes que quedan de manifiesto en cierto tipo de obras, sino como las diferentes formas en que la gente se relaciona con lo escrito. No hay absolutamente nada que constituya la "esencia" misma de la literatura. Cualquier texto puede leerse sin "afán pragmático", suponiendo que en esto consista el leer algo como literatura; asimismo, cualquier texto puede ser leído "poéticamente". [...] Quizá literatura signifique precisamente lo contrario: cualquier texto que, por tal o cual razón, alguien tiene en mucho. [...] En este sentido, "literatura" constituye un tipo de definición hueca, puramente formal. [...] La gente denomina "literatura" a los escritos que le parecen buenos. (Eagleton, 20-21)

            En este tenor, tenemos, entonces, que un escrito, para ser literario, no tiene que estar en la categoría de lo bien escrito, sino de aquello que se considera bien escrito, aún cuando la calidad de la obra sea menor. Literatura es una forma de escribir altamente estimada, en el fondo, significa que podemos abandonar de una vez por todas la ilusión de que la categoría "literatura" es "objetiva". En este mundo cualquier cosa puede ser literatura, así como también dejar de serlo.

     La literatura, en cualquier época, siempre va a estar sujeta a lo que en ese momento se considere dentro de los valores sociales. El "valor" es un término transitorio, es lo que algunas personas aprecian en circunstancias específicas, basándose en determinados criterios y a la luz de fines preestablecidos. El valor determina la importancia de la obra. Nosotros siempre leemos en relación a lo que buscamos o nos interesa en un periodo determinado y quizá esa sea la razón por la cual ciertas obras literarias han perdurado a través de los siglos. Periodos históricos diferentes han elaborado, para sus propios fines, un Homero y un Shakespeare "diferentes", y han encontrado en los respectivos textos elementos que deben valorarse o devaluarse. Las sociedades reescriben, así sea inconscientemente todas las obras literarias que leen.. Más aún, leer equivale siempre a "reescribir". Ninguna obra, ni la evaluación que en alguna época se haga de ella pueden, sin más ni más, llegar a nuevos grupos humanos sin experimentar cambios que quizá las hagan irreconocibles. Esta es una de las razones por las cuales lo que se considera como literatura sufre una notoria inestabilidad. (Eagleton, 24-25)

            Finalmente, es evidente que los "valores" de una época y sociedad que se tienen para determinar si una obra es literaria o no, siempre vienen acompañados de juicios de valor, que no son más que representaciones de la ideología social imperante del momento. Ulteriormente, la ideología es quien decide qué es o no lo literario, así como también es ella quien dicta los juicios en torno a qué es arte, política, el bien y el mal. La supuesta "objetividad" que se pregona desde tiempos inmemoriales, no es más que la máscara de la intolerancia que impone, malignamente, el rumbo accidentado de nuestras delgadas vidas.

Bibliografía: Eagleton, Terry (1988). Una introducción a la teoría literaria. FCE: México.

Para descargar el libro citado en la bibliografía visita el siguiente enlace:






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