lunes, 11 de julio de 2011

Apuntes hacia una identidad mexicana II: Samuel Ramos



2. Samuel Ramos
            «Quiere lo que puedes y puede lo que quieres» dice Samuel Ramos citando a Leonardo Da Vinci. Literato, filósofo, ensayista y crítico, Ramos es una de las figuras clave del pensamiento del siglo XX mexicano. Entre sus diversas obras filosóficas, El perfil del hombre y la cultura en México es esencial para entender el pensamiento y conducta del mexicano. En este largo ensayo, Ramos hace una análisis de la sociedad mexicana desde el siglo XIX, con la Independencia, hasta el siglo XX y el pensamiento de Justo Sierra, pensador que, para Ramos, es uno de los más grandes intelectuales e historiadores que nuestra nación ha dado. Además, en esta obra ensayística filosófica, hay un interés por la cultura mexicana que inicia con el análisis de los factores que obstaculizaron nuestro desarrollo social como lo son la autodenigración, la imitación, el mimetismo, así como ciertos hechos históricos mundiales, como la influencia francesa del siglo XIX.
            Ya desde el prólogo se dejan entrever algunas características de la cultura mexicana. El sentimiento de inferioridad, la aspiración imposible de ciertas formas de vida y el egocentrismo, son algunos de los defectos del mexicano descritos por Ramos. Es común en la sociedad mexicana el sentimiento de inferioridad. Frente al extranjero o al hombre poderoso es común una actitud sumisa. El mexicano se avergüenza de su condición y sede su voluntad al otro. Se siente inferior, pero no porque realmente los sea. En su psique, existe un desajuste entre sus capacidades y sus anhelos. En México siempre se quiere más de lo que se puede conseguir y esto forzosamente produce un sentimiento de frustración ante el constante fracaso. El egocentrismo es, también, un factor en contra. El sujeto se ensimisma y utiliza el amor, el dinero y la cultura son simples medios para lograr el éxito personal, no hay una preocupación real por el otro. En su egoísmo, se configura la condición del "pedante" que aparece casi al final del ensayo de Ramos. Estos vicios del mexicano antes citados conforman un círculo enfermizo en el cual el individuo cae una  otra vez debido a sus utópicas ensoñaciones. Lo anterior es el resultado de una inferioridad patológica más que real, que se adquirió con desde la Conquista:
Me parece que el sentimiento de inferioridad en nuestra raza tiene un origen histórico que debe buscarse en la Conquista y Colonización. Pero no se manifiesta ostensiblemente sino a partir de la Independencia, cuando el país tiene que buscar por sí solo una fisonomía nacional propia. Siendo todavía un país muy joven, quiso, de un salto, ponerse a la altura de la vieja civilización europea, y entonces estalló el conflicto entre lo que se quiere y lo que se puede. La solución consistió en imitar a Europa, sus ideas, sus instituciones, creando así ciertas ficciones colectivas que, al ser tomadas por nosotros como un hecho, han resuelto el conflicto psicológico de un modo artificial. (Ramos, 2011: 15)
            México es un país que vive en la fantasía, de ahí que muchas de sus empresas decaigan. La salvación, sin duda, está en las nuevas generaciones que son conscientes de los problemas actuales. México, para crecer, debe aprender, pero no el conocimiento de las aulas, sino el histórico, aquel que únicamente se gana con la experiencia de un país viejo. Nuestra nación aún es muy joven, pero tiene la ventaja de conocer los errores de sus vecinos, lo que facilita el camino hacia la cima si sabemos aprovechar las experiencias ajenas del extranjero. Nuestra sociedad, puede dar el gran salto hacia la plenitud sin necesidad de caer en los mismos errores de los grandes países. Hay que saber estudiar la historia para avanzar hacia el desarrollo sin caer en lo mismo. Salvar las guerras, los problemas económicos y hasta de salud es posible si nuestra mirada es atenta.
            Según Ramos, lo que el nuevo hombre contemporáneo necesita es un nuevo humanismo. Durante el Renacimiento, la sociedad dejó atrás lo ultra terreno y se centró en lo material, en la vida mundana del hombre. Hubo un desplazamiento de arriba hacia abajo y, a partir de entonces, la filosofía y la ciencia avanzaron a pasos agigantados hasta que finalmente se estancaron, convirtiéndose en herramientas de pensamiento negativas para la sociedad. El nuevo humanismo propone cambiar la dirección de nuestro pensamiento y actuar en el mundo, yendo de de abajo hacia arriba con la idea de salir de la calidad infrahumana en que nos encontramos. Regresar al pensamiento grecolatino, es menester de las nuevas sociedades. Dicho pensamiento de la Antigüedad, por imposible que parezca, sigue vigente. Ya desde antes de nuestra era los problemas que aquejan al hombre eran los mismos que los de hoy y la gran hazaña de las culturas griega y romana fue construir un pensamiento cuya vigencia se aplicara a cualquier periodo social.
            La configuración actual del mexicano se gesta desde la colonia, pero es en el siglo XIX donde adopta un pensamiento defectuoso. Con la Independencia, México quedó sin rumbo, se había desprendido de España y perdido el rumbo de su desarrollo. Para salir de la situación en que se hallaba imitó los modelos europeos tratando de dar rumbo a su proceso de formación nacional. Pero las ideologías imitadas no se adaptaban a la realidad del momento y la sociedad comenzó a decaer. Las élites estaban formadas por personajes que no sólo renegaban del pasado indígena, sino que también se avergonzaban de ello. Indígenas y mestizos fueron rezagados muchos años, evitando que la política nacional, la filosofía y la ciencia se estancaran. La autodenigración fue, quizá, el primer obstáculo de la nueva cultura mexicana.
De esta actitud mental equivocada se originó ya hace más de un siglo la autodenigración mexicana, cuyos efectos en la orientación de nuestra historia han sido graves «Los pueblos hispanoamericanos –dice Carlos Pereyra en su Historia de América– han sufrido las consecuencias de la tesis autodenigratoria sostenida constantemente durante un siglo, hasta formar el arraigado sentimiento de inferioridad étnica que una reacción puede convertir en exceso de vanagloria.» (Ramos, 2011: 21)
            Ya dijimos que la mímesis ha traído para la cultura consecuencias terribles. El país se ha estancado y una lucha de clases ha creado un ambiente de discordia a lo largo y ancho del territorio nacional. La imitación irracional es un error, y en México esta situación se presentó cuando intelectuales y políticos apostaron por un afrancesamiento del país. México puso sus ojos en París, centro cultural por excelencia del occidente moderno, y comenzó a segregar paulatinamente a todo aquel que no se adaptara a esta figura europea.
El tipo de hombre que se adueña de la situación en el siglo pasado es el mestizo. Su pasión favorita es la política. La norma de su actividad es la imitación irreflexiva. El país que admira con entusiasmo es Francia a la que considera como el arquetipo de la civilización moderna. Cuando lo que interesa reproducir de ésta es objeto de una intensa pasión, se incorpora sustancialmente en el alma por efecto de la alta temperatura afectiva. Francia llamó la atención de los mexicanos por sus ideas políticas, a través de las cuales el interés se generaliza a toda la cultura francesa. La pasión política actuó en la asimilación de esta cultura, del mismo modo que antes la pasión religiosa en la asimilación de la cultura española. Lo que comenzó por ser un sacrificio externo, se convirtió en una segunda naturaleza. (Ramos, 2011: 41)
            México se identificó con Francia durante el siglo XIX a pesar de que Inglaterra era el país políticamente más aventajado. ¿Por qué fue así? El proceso de identificación y mimesis parisiense es consecuencia de la latinización, México se latinizó en primer lugar por la adopción del catolicismo y en segundo por la legislación romana. Es una nación ideológicamente hermana de la francesa, la cual fundaba su filosofía en el pensamiento clásico latino, de ahí la separación espiritual que mantenía con los países sajones como Inglaterra y Estados Unidos. La máxima expresión de esta mímesis se da durante el mandato de Porfirio Díaz. Intelectuales, artistas y poderosos si visten y hablan a la manera francesa. Las casas y edificios durante esta época imitan en su totalidad a las francesas, incluyendo, incluso, canales para nieve aún cuando en México nunca nevaba. Esta imitación fanática llevó a México a una discordia social que, entre otras cosas, se manifestó con el derrocamiento de Díaz.
            Pasando a la configuración psicológica del mexicano, Ramos diferencia entre tres tipos distintos de individuo: el pelado, el mexicano de la ciudad y el burgués. No es momento aquí de explicar en su totalidad cada uno de ellos, pues Ramos ya lo hizo en su obra, pero sí apuntaremos algunos detalles, a grandes rasgos, para entender a qué se refiere cada uno de estos tipos.
            El pelado pertenece a la clase social más baja, se caracteriza por no ocultar nada y manejar un lenguaje vulgar. Su arreglo personal es deplorable y su educación primitiva. Vive al día y posee un sentido del humor que gira en torno a la sexualidad masculina. Ante todo, está su hombría y se defiende diciendo que tiene «muchos güevos». El pelado vive en una ficción constante donde no tiene noción de su ser y sus capacidades. Aspira muy alto, pero no hace nada por lograr sus metas, lo que le ocasiona un complejo de inferioridad que lo lleva una y otra vez a un constante fracaso, del cual se defiende sosteniendo su hombría.
            El mexicano de la ciudad se distingue de los otros por su desconfianza. No cree en nada y se deja guiar por su empirismo. Desconfía de todos sin razón. Desprecia por igual a científicos que a intelectuales. No piensa en el futuro y realiza su trabajo pensando en el hoy o mañana, pero nunca en un tiempo distante.
Una nota íntimamente relacionada con la desconfianza es la susceptibilidad. El desconfiado está siempre temeroso de todo, y vive alerta, presto a la defensiva. Recela de cualquier gesto, de cualquier movimiento, de cualquier palabra. Todo lo interpreta como una ofensa. En esto el mexicano llega a extremos increíbles. Su percepción es ya francamente anormal. A causa de la susceptibilidad hipersensible, el mexicano riñe constantemente. Ya no espera que lo ataquen, sino que él se adelanta a ofender. A menudo estas reacciones patológicas lo llevan muy lejos, hasta a cometer delitos innecesarios. (Ramos, 2011: 60)
            A el burgués, tercer tipo de la sociedad mexicana, se le atribuyen características como la educación elevada y la posición social. El burgués es muy similar al pelado, salvo que el primero tiene que reprimir más sus acciones por temor a que sea rebajado socialmente, mientras que, en el caso del pelado, esto importa poco. En esencia, el burgués y el pelado son seres con los mismos temores, y sólo se distinguen por la posición social.
La diferencia psíquica que separa a la clase elevada de mexicanos de la clase inferior, radica en que los primeros disimulan de un modo completo sus sentimientos de menor valía, porque el nexo de sus actitudes manifiestas con los móviles inconscientes es tan indirecta y sutil, que su descubrimiento es difícil, en tanto que el «pelado» está exhibiendo con franqueza cínica el mecanismo de su psicología, y son muy sencillas las relaciones que unen en su alma lo inconsciente y lo consciente. Ya se ha visto que estriban en una oposición. (Ramos, 2011: 62)
            El Ateneo de la Juventud contaba con escritores como Justo Sierra, José Vasconcelos, Antonio Caso, Alfonso Reyes y muchos otros intelectuales destacados. El Ateneo se fundó como respuesta al fracaso que el positivismo estaba teniendo en México. Este grupo de intelectuales ocuparon cargos altos en la política y la Universidad. Algunos de ellos fueron rectores y otros secretarios. Su obra y empresa por el desarrollo cultural e intelectual en México no tiene precedentes. Apostaban por las culturas clásicas griega y romana y por filósofos franceses liberales, pero siempre conscientes de las capacidades y alcances de la sociedad.
La obra del Ateneo en su totalidad fue una sacudida que vino a interrumpir la calma soñolienta en el mundo intelectual de México. Propagó ideas nuevas, despertó curiosidades e inquietudes y amplificó la visión que aquí se tenía de los problemas de cultura. Mediante su filosofía tendió a contrarrestar el influjo creciente del utilitarismo, inculcando en la juventud el sentido de los valores del espíritu. El resultado que dio aquella agitación en la década que comienza en 1910 fue elevar el tono y ensanchar el radio de nuestra vida intelectual. (Ramos, 2011: 79)
            Pero lamentablemente la visión de progreso en México cambió nuevamente y con ello el Ateneo decayó así como los estudios universitarios y el interés de los jóvenes por los estudios superiores. La nueva tendencia en la educación era la acción útil. Se apostaba por una vida fundada en el pragmatismo y no en la constante actividad intelectual. Aquí estuvo el error, pues si la educación se enfoca únicamente a la acción inmediata y útil, quiere decir que prepara a la sociedad para ser absorbida rápidamente por la civilización. La escuela debe preparar a los hombres para lo contrario, para defenderse de una sociedad que los humilla y rebaja. La tarea esencial de la educación es enseñar a los hombres a ser libres, a luchar por su identidad, por su esencia, y dotarlos de una voluntad que sea capaz de transformarlos para bien, sólo así la cultura puede salir victoriosa.
México debe tener en el futuro una cultura «mexicana»; pero no la concebimos como una cultura original distinta a todas las demás. Entendemos por cultura mexicana la cultura universal hecha nuestra, que viva con nosotros, que sea capaz de expresar nuestra alma. Y es curioso que, para formar esta cultura «mexicana», el único camino que nos queda es seguir aprendiendo la cultura europea. Nuestra raza es ramificación de una raza europea. Nuestra historia se ha desarrollado en marcos europeos. Pero no hemos logrado formar una cultura nuestra, porque hemos separado la cultura de la vida. [...] Si queremos dar solidez a nuestra obra espiritual futura, hay que preparar a la juventud en escuelas y universidades, mediante una severa educación orientada esencialmente hacia la disciplina de la voluntad y la inteligencia. El saber concreto es lo que menos debe interesamos de la cultura. Lo que para México es de una importancia decisiva, es aprender de la cultura lo que en ella hay de disciplina intelectual y moral. Cuando se llegue a obtener ese resultado, se comprobará que, aun los individuos que escalen las altas cimas de la vida espiritual, no caerán en el orgullo de despreciar la tierra nativa. Al contrario, su altura les permitirá comprender y estimar mejor la realidad mexicana. (Ramos, 2011: 95-96)
            Las alentadoras palabras anteriores, nos indican que aún es posible cambiar y mejorar la sociedad mexicana, quizá para ello sea necesario primero librar a los mexicanos de los complejos inconscientes que hasta hoy han cohibido el desarrollo de su ser verdadero. Es imprescindible que el mexicano escape del dominio de las fuerza inconscientes que durante siglos le han entorpecido su andar por el mundo. Para ello la sinceridad juega un papel fundamental. Cuando los individuos se reconozcan como lo que son y no como lo que piensan o querrían ser, es cuando darán sus primeros pasos hacia una vida plena y estable. Mientras no exista sinceridad en nuestros actos, la afirmación de nuestra individualidad será imposible. Para el desarrollo de nuestra sociedad mexicana, paradójicamente hay que partir del supuesto de que no existe en sí una sociedad mexicana, dejándonos guiar por el camino del tiempo, siempre sinceros, para tomar lo propio y dejar lo ajeno. En la educación, por ejemplo, la enseñanza debe partir desde lo que es y ha sido México y no desde lo que es y ha sido Europa. La educación actual no se centra en nuestra Nación sino que la relega, de ahí a que en muchas ocasiones el origen dé vergüenza. Si México ha fracasado en muchas de sus empresas es por desconocimiento del mismo medio donde éstas se desenvuelven. Es indispensable revisar y reelaborar los programas escolares, dejar a un lado aquellas doctrina que en nada nos favorecen y fomentar el amor por México. Si una nación crece sin prejuicios hacia su tierra, es más fácil maravillarse y crear en pro del lugar donde se vive. El mexicano es pasionario y ve el mundo de afuera hacia adentro, de ahí que exista tanto egoísmo y fracaso en las ciencias y el arte, en la política y en la moral. La pasión individual, interior, negativa, hace estéril cualquier esfuerzo por mejorar la sociedad, pues utiliza cualquier cosa como un medio de satisfacción personal. Es labor de la educación reestructurar a fondo nuestro pensamiento y orientarlo hacia una vida basada en la pasión positiva, aquella que dirige su mirada hacia la consolidación de la sociedad como un ser colectivo en favor de la Nación. También es labor de la educación volver a enseñar a los individuos a pensar. Si en México existe una cierta capacidad de pensamiento, está aún por desarrollarse y disciplinarse. Incitar a la reflexión, es exclusivamente para mirar nuestro alrededor y poder identificar las problemáticas que en él existen. EL ejercicio honrado de la inteligencia requiere a veces un esfuerzo que puede llegar a ser penoso, pues la realidad puede no ser como uno la creía. El autoengaño debe quedar fuera so pena de regresar al foso del cual intentamos salir. El sujeto que piensa se ve precisado a vigilar los procesos de conocimiento al mismo tiempo que la totalidad de su espíritu. México necesita conquistar mediante la disciplina un auténtico pensamiento nacional, si no, seguiremos absorbiendo pensamientos e ideologías extrañas y extranjeras que de nada sirven para nuestra cultura. El pensamiento mexicano debe resumirse, para su "fácil" aplicación a dos puntos esenciales: el primero de ellos es cómo es realmente algún aspecto de la existencia mexicana; y dos, cómo debería ser de acuerdo a las posibilidades reales. Si somos sinceros en nuestro quehacer y cultivamos constantemente nuestro pensamiento, redimiremos los problemas del pasado, pero siempre y cuando nuestras acciones involucren a todos los niveles de la sociedad; la segregación destruye individuos y sociedades.

Bibliografía
        Paz, Octavio (2000). El laberinto de la soledad. FCE, México
        Ramos, Samuel (2011). El perfil del hombre y la cultura en México. Planeta, México.
        Vasconcelos, José (2010). La raza cósmica. Porrúa, México.



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