lunes, 25 de abril de 2011

¿Qué es literatura?



Definir "literatura" es una labor difícil. Cuando quien lo pregunta es simplemente un curioso, nos podemos limitar a dar una respuesta escueta, convencional, una respuesta construida a base de frases hechas, de lugares comunes: "la literatura es una de las cinco bellas artes, su labor está enmarcada dentro de lo tocante al lenguaje, al mundo de las letras, a la poesía, por ejemplo. La literatura trata de lo que está escrito". Dicho esto, nuestro interlocutor puede quedar satisfecho, sin embargo, si nos enfrentamos a un inquisidor más experimentado: un profesor, un doctor en letras o un escritor, quizá no sepamos qué responder: recurrir a frases hechas nos puede hacer pasar por superficiales, farsantes; y, recurrir al incómodo mutismo, seguramente no nos eximiría de que la crítica hacia nuestra persona sea menos severa.

            Seguramente, hasta antes de enfrentarnos a la introducción de Eagleton, nunca hubiéramos pensado que intentar definir "qué es literatura" sería una tarea tan ardua. Y es que la literatura, en un acercamiento frío y sencillo, se refiere a lo que está escrito, pero juzgar cuándo un texto es literario y cuándo no, conforma el núcleo de la discusión. En un principio Eagleton propone como ejemplo la frecuente asociación que hay entre literatura y ficción. La literatura aparentemente podría ser todo texto que es producto de la imaginación, de la invención, pero esto descartaría la literatura existente en torno al realismo, naturalismo o costumbrismo, donde la descripción, y no la invención de sucesos, son el eje central de la obra. Además, si aceptamos que la literatura es ficción e imaginación, descartamos la posibilidad de que ésta exista en textos filosóficos, históricos o científicos, por ser producto de la razón y "objetivación" de la realidad.

            Pero, si la literatura va más allá de la imaginación y de su calidad ficcional, ¿en dónde más puede descansar su esencia? Para los formalistas rusos, la respuesta sería en el lenguaje. De acuerdo a teorías de esta corriente, la literatura consiste en una forma de escribir, en una transformación e intensificación del lenguaje cotidiano apartada de los elementos artísticos y misteriosos que podrían estar presentes en el lenguaje literario. El formalismo considera al lenguaje en su aspecto más "puro", desprendido de cualquier aspecto ideológico, social o místico: el lenguaje se nos presenta como una máquina posible de examinar hasta en su detalle más ínfimo. No hay que olvidar que el formalismo era en esencia una disciplina lingüística, de ahí que su estudio sobre lo literario no viera más allá de las formas de lenguaje, dejando a un lado el contenido. La estructura impera sobre lo que se dice. El formalismo principió considerando a la obra literaria como un conjunto arbitrario de "recursos", de elementos, o funciones, relacionados entre sí dentro de un sistema textual total. Dichos recursos o funciones están conformados por sonidos, imágenes, ritmo, sintaxis, metro, rima, técnicas narrativas, etcétera. Lo específico de este lenguaje literario, decían los formalistas, es que deforma el lenguaje cotidiano. Al respecto, parafraseando a Eagleton, el lenguaje, en esa lucha contra el habla cotidiana, se ve forzado a preocuparse más por el discurso literario, provocando en sí una renovación. En resumen, para los formalistas, la literatura es una clase especial de lenguaje que contrasta con el lenguaje ordinario que generalmente empleamos. El reconocer la desviación presupone que se puede identificar la norma de la cual se aparta.

            Eagleton rescata una idea importante que a la mayoría de nosotros nos pasa desapercibida, sobre todo si nuestras áreas de desenvolvimiento son ajenas al estudio del lenguaje: y es creer que sólo existe un lenguaje. El lenguaje, tanto a nivel escrito como a nivel oral, se desenvuelve en varios niveles. Puede ir del habla vulgar y cotidiana hasta las formas más poéticas. Ya sea que se trate de un diálogo entre comerciantes, un discurso político o una cátedra universitaria, el lenguaje se desarrollará en códigos específicos que serán recibidos por un oyente que supuestamente cuenta con la competencia lingüística para codificar ese lenguaje. Dicho lo anterior, hay que agregar que el lenguaje, así como el valor que a éste se le dé, va a estar en relación con la sociedad y contexto en que se lleva a cabo. Es decir, lo que en un tiempo fue poético, puede que ahora no lo sea, debido a que los ideales y valores de las épocas cambian. La literalidad de un texto, así como su agente poético, quedan fuera de lo objetivo y responden a la adopción que la sociedad haga de ellas. En este sentido, hay que destacar la fragilidad del formalismo, pues entonces se podría decir que toda literatura es poesía, puesto que la lectura que podemos hacer del texto puede, o no, ir en ese sentido. Eagleton ejemplifica este caso con la leyenda que aparece en un anuncio escrito ubicado en las líneas subterráneas del metro. Según el autor, todo texto se puede prestar a ambigüedad cuando el lector cuenta con la competencia lingüística suficiente para atribuir un doble sentido, o más, a lo leído. Es decir, si el anuncio lo lee un niño, no lo entenderá de igual forma que un adulto, así como éste no lo concebirá como lo haría un ebrio, quien, posiblemente, podría cargar al anuncio de un sentido poético, cósmico, mágico. Así tendríamos que la literatura puede referirse tanto a lo que la gente hace con lo escrito como a lo que lo escrito hace con la gente. Podríamos decir que la literatura es un discurso "no pragmático". Al contrario de los manuales de biología o los recados que se dejan para un amigo, cliente, comerciante, etcétera, la literatura carece de un fin práctico inmediato, y debe referirse a una situación de carácter general. Algunas veces puede emplear un lenguaje singular como si se propusiera dejar fuera de duda ese hecho, como si deseara señalar que lo que entra en juego es una forma de hablar sobre una mujer en vez de una mujer en particular, tomada de la vida real. Este enfoque dirigido a la manera de hablar y no a la realidad de aquello sobre lo cual se habla, a veces se interpreta como si con ello se quisiera indicar que entendemos por literatura cierto tipo de lenguaje autorreferente, un lenguaje que habla de sí mismo.

            Con referencia a lo que es la literatura, Eagletón señala lo que quizá podría considerarse el núcleo del cual partir para definir cuándo un discurso es literario y cuándo no lo es, y dice: [...] no se puede definir a la literatura "objetivamente". Se deja la definición de literatura a la forma en que alguien decide leer, no a la naturaleza de lo escrito. Esto llevado de la mano con lo dicho anteriormente respecto a la importancia contextual temporal del texto que se está leyendo en determinado momento, ya que lo que en algún periodo histórico pasó por filosofía o ciencia, por ejemplo, hoy se puede enmarcar dentro de lo literario. Finalmente, no importa la procedencia de los textos, ya que si la gente decide que tal o cual escrito es literatura pareciera que de hecho lo es, independientemente de lo que se haya intentado al concebirlo.

     En este sentido puede considerarse la literatura no tanto como una cualidad o conjunto de cualidades inherentes que quedan de manifiesto en cierto tipo de obras, sino como las diferentes formas en que la gente se relaciona con lo escrito. No hay absolutamente nada que constituya la "esencia" misma de la literatura. Cualquier texto puede leerse sin "afán pragmático", suponiendo que en esto consista el leer algo como literatura; asimismo, cualquier texto puede ser leído "poéticamente". [...] Quizá literatura signifique precisamente lo contrario: cualquier texto que, por tal o cual razón, alguien tiene en mucho. [...] En este sentido, "literatura" constituye un tipo de definición hueca, puramente formal. [...] La gente denomina "literatura" a los escritos que le parecen buenos. (Eagleton, 20-21)

            En este tenor, tenemos, entonces, que un escrito, para ser literario, no tiene que estar en la categoría de lo bien escrito, sino de aquello que se considera bien escrito, aún cuando la calidad de la obra sea menor. Literatura es una forma de escribir altamente estimada, en el fondo, significa que podemos abandonar de una vez por todas la ilusión de que la categoría "literatura" es "objetiva". En este mundo cualquier cosa puede ser literatura, así como también dejar de serlo.

     La literatura, en cualquier época, siempre va a estar sujeta a lo que en ese momento se considere dentro de los valores sociales. El "valor" es un término transitorio, es lo que algunas personas aprecian en circunstancias específicas, basándose en determinados criterios y a la luz de fines preestablecidos. El valor determina la importancia de la obra. Nosotros siempre leemos en relación a lo que buscamos o nos interesa en un periodo determinado y quizá esa sea la razón por la cual ciertas obras literarias han perdurado a través de los siglos. Periodos históricos diferentes han elaborado, para sus propios fines, un Homero y un Shakespeare "diferentes", y han encontrado en los respectivos textos elementos que deben valorarse o devaluarse. Las sociedades reescriben, así sea inconscientemente todas las obras literarias que leen.. Más aún, leer equivale siempre a "reescribir". Ninguna obra, ni la evaluación que en alguna época se haga de ella pueden, sin más ni más, llegar a nuevos grupos humanos sin experimentar cambios que quizá las hagan irreconocibles. Esta es una de las razones por las cuales lo que se considera como literatura sufre una notoria inestabilidad. (Eagleton, 24-25)

            Finalmente, es evidente que los "valores" de una época y sociedad que se tienen para determinar si una obra es literaria o no, siempre vienen acompañados de juicios de valor, que no son más que representaciones de la ideología social imperante del momento. Ulteriormente, la ideología es quien decide qué es o no lo literario, así como también es ella quien dicta los juicios en torno a qué es arte, política, el bien y el mal. La supuesta "objetividad" que se pregona desde tiempos inmemoriales, no es más que la máscara de la intolerancia que impone, malignamente, el rumbo accidentado de nuestras delgadas vidas.

Bibliografía: Eagleton, Terry (1988). Una introducción a la teoría literaria. FCE: México.

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