sábado, 23 de julio de 2011

Silencios en abismo: La poesía mortal de José Pascual Buxó


Cuando por un decreto de las fuerzas supremas
aparece el poeta en el tedio del mundo,
su madre, horrorizada, de blasfemias henchida,
alza hasta Dios, piadoso, sus dos puños crispados:
–«¡Ah! ¿por qué no parí todo un nido de víboras
en vez de alimentar esta triste irrisión?
¡Maldita sea la noche de efímeros placeres
en la cual concibió mi vientre su castigo!»
Baudelaire

El posmodernismo es el tiempo de la soledad. Un tiempo donde el poema busca su esencia poética pura más allá de los límites esclavistas del lenguaje. Ni el poema ni el poeta tienen un lugar dentro del posmodernismo, sin embargo, paradójicamente tampoco lo tienen fuera de él; el modernismo se encargó de echar abajo las tradiciones y sistemas clásicos y, con estos, la oportunidad de refugiarse en el pasado.
            José Pascual Buxó representa de manera dual al poeta posmodernista que ha sido exiliado: en primer lugar, huyó de su natal España cuando ésta se encontraba matizada por los albores de la Guerra Civil Española; y, en segundo lugar, es un exiliado de la poesía: Dónde escribir poesía si no es fuera de ésta. Buxó no pertenece a la generación de los poetas vanguardistas, su mundo se articula tambaleante sobre los cadáveres que la guerra y la ruptura con las tradiciones han dejado a su paso.
            Con la degradación de las vanguardias y de las incipientes expresiones artísticas del siglo XX se dio pasó a la posmodernidad y, con ello, a un vacío en la poesía. El primer poema de Pascual Buxó titulado "¿Dónde el poema?" –que aparece en su primer poemario Tiempo de soledad (1954)– así lo muestra ya desde el título –tanto del poemario como del poema–, en el cual se alude a ese espacio desconocido en que el poema existe como una entidad nueva –reformulada– y, por tanto, desconocida –redescubierta–:
¿Dónde el poema?

Fuera de mí
su huella
–la del agua–
en la palabra abierta.

Dentro de mí
su lumbre
–su sonido–
embistiendo en la niebla.
            El poema es para Buxó una entidad desterrada –exiliada– que busca un nuevo terreno donde arraigarse. Una vez que la modernidad arrasó con las tradiciones estéticas e ideológicas, es menester de la nueva poesía posmoderna elegir uno de los dos senderos que se le presentan: aprender a vivir en la soledad e incertidumbre o rehacer un nuevo mundo, pero no con el polvo que la modernidad ha dejado tras de sí–pues sería caer en los errores del pasado– sino con la esencia original del mundo y del cosmos: la poesía.
            En "¿Dónde el poema?" la poesía tiene lugar entre la incertidumbre de dos elementos arquetípicos: el agua, si la poesía es externa al poeta; y el fuego, si ésta arde en los terrenos del alma. Es notable que la presencia de ambos elementos arquetípicos se dé entre aquellos que son contrarios –agua/fuego– y no entre los que se retroalimentan –fuego/aire por ejemplo– provocando que, para que la poesía subsista más allá del dominio que tiene para sí, uno de los elementos ceda. Si es el fuego, la poesía encuentra su lugar en las limitaciones del lenguaje; si por el contrario, la esencia poética alimenta su llameante fulgor, la poesía es a través de las infinitas manifestaciones del sonido, libres de toda forma carcelaria como lo es el lenguaje. La poesía entonces, como un rayo de sol en la noche, se abre paso en el abismo del ser «embistiendo en la niebla». Reminiscencia, quizá, del "daemon" platónico.
Arde el silencio, lo empujan,
puntas de metal, palabras.

Desde tu morada oscura
¡hasta dónde,
sangre mía,
te levantas!

Cae el silencio, un manto
de arena desaforada.

Sangre mía
¿hasta dónde te acorralan?
            Segundo poema de Buxó perteneciente al poemario líneas arriba citado. El silencio arde, víctima quizá de aquella lumbre sonora enunciada en el poema anterior y que ahora, confusamente, se torna en palabras. Antes, el fulgor poético no necesitaba del lenguaje para ser, bastaba con los sonidos, sin embargo, ahora aquel fuego primigenio aquí se torna en metálicas palabras de hostil punta empujando al silencio al tiempo que éste arde.
            El poeta clama para sí. Se repliega en su abismo interior cuestionando, «¡hasta dónde, sangre mía, te levantas!». En el alma poética ya no brilla la lumbre del poema anterior, sino que la sangre bulle y se levanta hasta alturas desconocidas, de ahí la pregunta ¿hasta dónde te levantas?
            «Cae el silencio», cómo entender este verso. Por un lado, puede ser una derrota ante las "puntas de metal". El silencio ha caído, ha muerto y la poesía bulle –como la sangre– buscando su forma en las palabras de un lenguaje que se muestra como un «manto de arena desaforada». Por otra parte, decir, «Cae el silencio», puede ser una referencia a la llegada inminente del mutismo, de la afonía, de un mundo exento de cualquier sonido. El "silencio" se hace presente tras su muerte ante las metálicas puntas. Cristo resucitó al tercer día, y el silencio en el tercer verso. El primero para asegurar la vida dichosa y eterna del hombre; el segundo para estrujar su corazón posmodernista y recordarle la miseria y soledad a que está confinado. ¡Dios ha muerto! cantaban los nuevos hombres de la modernidad al tiempo que pisoteaban los restos del que fuera eterno alguna vez; sin embargo, en el posmodernismo Dios ha desaparecido, y con él las esperanzas de salvación de la estirpe humana.
            El poema anterior finalmente concluye con la pregunta "¿hasta dónde te acorralan?". Si optamos por que el tercer verso denota la victoria de las metálicas palabras sobre el silencio,  nos encontramos ante un asedio, por parte de las "puntas de metal" hacia la sangre del poeta. En cambio, si aceptamos la calidad posmodernista del silencio resucitado, estamos frente a la dominación de la sangre por parte de un mutismo manifiesto en un "manto de arena desaforada". Cualquiera que sea el final que decidamos atribuirle al poema, nos encontramos ante una aniquilación violenta del ser, ya sea por parte del empuje mortal de las palabras o por el asfixiante y desolador silencio posmodernista. Lo que postreramente el poema deja ver es una poesía mortal, final, perecedera enmarcada dentro de los límites de la desesperanza.
¡Qué desierta la noche!
Oscuras aguas llegan,
silenciosas;
hierro móvil aprieta.

¡Qué desierta ciudad
y más desiertas
señales luminosas,
faros ciegos,
incendiados ojos en tiniebla!

Despiertan en la costa,
luces mueven,
apartan a brazadas
y a cuchillos
soledades y esperas.


(–¡Izad banderas, náufragos,
alerta!)

Allá en el horizonte
–tan débil– una herida
de blanca soledad
reluce y tiembla.

Un palpitante hálito pregona
estallidos de voz.

Nada resuena

Sólo el silencio sube
–tan sonoro en la sangre–
hasta el oscuro mar.
Nadie se mueve.
            La noche es el escenario donde este tercer poema de Buxó –presente en el mismo poemario de los dos poemas anteriores– se desenvuelve. Una noche desierta que se extiende sobre un mar oscuro, su inmenso espejo, creando en la mente del lector la imagen de un lugar oscuro, abismal, similar al cosmos o, quizá más atinadamente, al mundo posmoderno. La segunda estrofa inicia y aparece una compañera de la noche, la ciudad, desierta también por el hombre y sólo habitada por pequeñas luces: «faros ciegos, incendiados ojos en tiniebla» similares a la luz que El Ermita del Tarot de Marsella sostiene en su mano derecha al tiempo que, con su bastón, avanza entre la espesura de la niebla. El Ermita se mueve a tientas, como las tenues luces del poema.
            La costa se llena de luces y, como el viejo del bastón y la linterna, apartan a cuchillazos «soledades y esperas». Hay esperanza. Las banderas se levantan ante la inminente llegada de los náufragos del oscuro mar. Aparece la luna. Inmensa, como «una herida de blanca soledad» que se tambalea como la frágil de los hombres que desde su triste altura mira. Una voz. El sonido irrumpe en la noche, voces y gritos se acercan a las costas, las luces tiemblan, la luna enmudece, la noche se muestra atenta ante la feliz llegada de la esperanza, pero nada aparece, «Nada resuena». Sólo hay silencio, soledad en el mundo, oscuridad en el mar y un deseo por decir callado en la sangre.
            El posmodernismo es una tierra baldía de poetas errantes y malditos. Ya desde el epígrafe de Baudelaire observamos la soledad a que el poeta está confinado. Como el Ermita del Tarot, Pascual Buxó nos ofrece una poesía donde el tiempo, la soledad y la muerte son ejes clave para el desarrollo del poema. La poesía de Buxó es cíclica, siempre regresa al origen, a su punto de partida. Tiempo de soledad es el primer poemario con el que Buxó comienza su indagación poética para "clausurarla", años después, con Lugar del tiempo, la presencia del "tiempo" en su primer poemario, así como en el último, es capital para lograr el círculo poético donde se instaura su oscura percepción del mundo. La poesía de Buxó representa un ouroboros alquímico-poético donde el hombre, el poeta y la poesía se hacen presentes a través de sus silencios en abismo.

José Pascual Buxó
en las Sextas Jornadas de Poesía Latinoamericana
celebradas en Puebla durante el mes julio de 2011
como un homenaje a su poesía.

viernes, 22 de julio de 2011

Agonía y éxtasis

Cristo sangrante de la Catedral de Puebla

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lunes, 11 de julio de 2011

Apuntes hacia una identidad mexicana IV: Conclusiones

4. Apuntes hacia una identidad mexicana
A lo largo de estas disertaciones hemos sido testigos de diferentes discursos literarios históricos que buscan esclarecer la conformación de la cultura mexicana. Responder a la pregunta ¿qué es lo mexicano? no es una empresa sencilla. Dentro de esa pregunta están reunidos un poco más de quinientos años de guerras que han impedido la consolidación como nación debido a las terribles masacres y constantes cambios de gobierno e ideología.
            El mexicano, por naturaleza, es un individuo que vive y se refugia en la dualidad. Su concepción de lo real media entre la fantasía y existente. Quizá esto sea derivación del mestizaje entre las razas española e indígena que, como apunta Paz, son culturas esencialmente rituales. Por un lado tenemos a las culturas prehispánica y su tradicionalismo pagano. Los aztecas, por ejemplo, fue una cultura en su mayoría religiosa. Cualquier decisión del Estado, tenía que ser consultada previamente a los sacerdotes, quienes preveían en sus prácticas la pertinencia de sus actos. La cultura indígena ya traía consigo aquel rasgo de inseguridad y melancolía distintivo de la posterior cultura mexicana. Quizá su nostalgia devenga del sometimiento mexica del que fueron víctimas, no lo sabemos, pero es evidente la presencia una tristeza de la cultura náhuatl. Nezahualcóyotl, el poeta más grande quizá que el pasado indígena vio florecer, es un poeta melancólico. Sus poemas giran en torno al desprendimiento del ser de este mundo, a la fugacidad de la vida y a la caducidad de las cosas, no por nada su poesía contiene los siguientes versos: Será de oro, será de jade. Todos, águilas y tigres, de uno en uno nos iremos yendo a la región del misterio. Los versos anteriores son la esencia de su poesía y han sido citados como los recordamos en estos momentos. No cabe duda que Nezahualcóyotl dejaba entrever la melancolía indígena y su temor hacia lo venidero. En su poesía, los mexicas no tienen poemas de amor, pues éste, como lo conocemos es obra del ingenio occidental. Por esta parte, la indígena, el mexicano sufre de nostalgia y de temor hacia la vida. Tenemos arraigados una inseguridad milenaria con nosotros.
            Por la otra parte, la española, hemos adoptado una práctica sincrética con el culto indígena y es la vida ritual. Si por un lado ya nuestras prácticas eran religiosas por parte de nuestro pasado indígena, esto se refuerza en los tiempos de la Conquista y la Colonia, donde la nueva civilización de lo que ahora es México terminó por adoptar el catolicismo. Con el catolicismo, el mexicano terminó por adoptar muchas malas costumbres de los españoles como la búsqueda constante de una supuesta vida fácil basada en el ocio. Para los indígenas era impensable no trabajar, el sistema en el que vivían les obligaba a hacerlo, en cambio los españoles, sobre todo los que vinieron a hacer fortuna, eran individuos que basaban su fortuna en el robo y sometimiento del otro y sí por alguna razón sus acciones rebasaban los límites morales, el catolicismos simplemente redimía mediante la confesión a sus pecadores sin dejar caer sobre de ellos alguna acción penal, a menos que estos también faltaran el respeto a la iglesia y pudieran ser acusados de herejes.
            Entre muchas otras características indígenas y españolas, el mexicano lleva en su sangre, en sus genes y en su inconsciente los vicios y virtudes de estas dos razas, de ahí que viva en esta dualidad conformada por lo real y lo imaginario.
            Paz apunta muy certeramente al hecho de que la mexicanidad se distinga por su espíritu fiestero. A pesar de la gran pobreza en la que México se hunde, nunca falta ocasión para organizar una fiesta. Es en estos espacios donde el mexicano puede salir de su mundo individual y acercarse a sus amistades. El mexicano, como ya se vio, es tímido, y aprovecha las fiestas para dejar esto atrás y comportarse como realmente le gusta. Las fiestas son espacios para el derroche de sentimientos y emociones, el mexicano no se limita y de ahí que una de las constantes en nuestra cultura sean los altos índices de alcoholismo. Ya sea porque la celebración pertenece al Estado, a la Iglesia o a un asunto personal, las fiestas en México nunca faltan. Paz afirma que los grandes países rara vez tienen fiestas, de ahí su alta posición social y sus grandes avances. En las potencias nacionales no hay tiempo para la distracción intelectual ni el derroche, en cambio, los mexicanos tienen una continua tendencia por el ocio y la convivencia social en las fiestas.
            Ya dijimos que en las fiestas el mexicano presenta un derroche de emociones el cual puede, incluso, llegar a ser violento. El mexicano siempre se siente amenazado, de ahí que sus acciones sean a la defensiva. Aún cuando la interacción no tenga un carácter belicoso, el mexicano duda y no entrega su confianza ante nadie. Es inseguro y solitario, pero si la situación lo requiere, puede mostrarse "muy hombre" y bajo el himno de "váyanse todos a la chingada" defiende su hombría y valor como mexicanos. Paz apunta que en México todo está regido por la Chingada. Son comunes las expresiones: "no me chingues", "chingón", vete a la chingada", "soy muy chingón", "chingaquedito", "son chingaderas", etc. Paz dice que esto se podría tomar del hecho de que los españoles abusaron sexualmente durante la Conquista de las mujeres indígenas, lo que da por resultado que seamos hijos de la chingada en el sentido de violada. Somos hijos de mujeres violadas, a diferencia de los españoles que son hijos de Puta, una mujer que se entrega sexualmente por dinero a diferencia de la mexicana, que es tomada por la fuerza. Estos acontecimientos son los que han creado nuestros problemas de inseguridad y, también, los que han provocado en la sociedad mexicana el gran temor hacia la vida sexual propia o ajena.
            La cultura mexicana está llena de alusiones a la vida sexual a través del albur. Sin embargo, fuera del ámbito infamatorio o burlón. Lo sexual es casi indecible. Si somos hijos de la chingada, de la mujer violada y sobajada, entonces es menester en las mujeres el recato. La sociedad exige a la imagen femenina se mantenga dentro de los márgenes del pudor y a los hombres de la cortesía. No hablar de sexo sería lo ideal para nuestra cultura, sin embargo, el morbo –otra cualidad del mexicano– hace que le sea imposible dicha empresa. Ya sea que los individuos se coloquen debajo de un puente para mirar bajo las faldas femeninas o que sean receptores de las grandes empresas de marketing, el mexicano vive bajo un constante bombardeo mediático donde lo único que existe es sexualidad, ya sea exclusivamente en campañas que tiendan a lo erótico o en las de la pornografía. En México nadie habla de sexo, sin embargo lo vemos todos los días en casa y en la calle.
            Hablábamos líneas arriba del morbo como una característica más del mexicano. Esta conducta es poco descrita tanto en Ramos como en Paz, a pesar de ser tan común en nuestra sociedad. Los mexicanos son morbosos y chismosos. Existe una satisfacción personal cuando vemos, oímos o contamos las desgracias personales de los otros. Estas conductas no revelan otra cosa sino un espíritu fetichista. Cuando en México suceden desgracias la gente no huye, sino que permanece –como si su trabajo fuera de reportero– en el lugar de los hechos. Apenas ve que pasa o se detiene una patrulla o ambulancia, el mexicano corre y rodea la escena de la tragedia. Las publicaciones que más abundan en los puestos de periódicos, además de las pornográficas, son las de nota roja. El mexicano es un individuo que se refugia en sí mismo y que encuentra placer en la empresa del fetichismo, le gusta mirar y no hacer nada. No importa si lo que sus ojos miran es sexo o muertos. El mexicano goza de ver al otro desde la oscuridad de su ser.
            En los tiempos de desgracia o de desajustes económicos es donde también el mexicano deja ver de qué está hecho. Por herencia española más que indígena, el mexicano sabe robar, y cuando se trata de derechos de autor quizá sea donde más ingenio tenga. Los mexicanos no son –en general– muy inteligentes, pero su ingenio es capaz de dejar atrás al de los chinos si la situación así lo amerita. La piratería en México no tiene igual en México. Las calles están abarrotadas de objetos piratas que van desde películas hasta lo más impensable como lo son libros. Discos y ropa piratas se venden todos los días, es un mercado en el que incluso las autoridades legales están metidas. En México la piratería existe porque la corrupción es casi natural. Las cuotas que se dan a policías y "licenciados" por debajo del agua son, en realidad, el motor económico que mueve al país. Pero el ingenio no se limita exclusivamente a la piratería. Cuando son épocas de lluvia, de sequía o de cualquier otra circunstancia, el mexicano fabrica y/o consigue mercancías inimaginables. Gorras con ventilador o con popotes para beber, sombrillas para el sol que se ajustan en la cabeza o artículos que no superan los tres pesos, son ejemplos de la creatividad e ingenio mexicano para sortear las desgracias económicas del país.
            En México, a pesar de lo que diga Ramos, sí podemos decir que se piensa en el futuro, y esto se demuestra con la infinidad de artículos obsoletos que se guardan en casa. Es común encontrar vitrinas llenas de "recuerditos" de fiestas o cuartos que únicamente almacenan basura bajo el pretexto de que algún día nos serán útiles. Realmente sí podemos afirmar  que existe una previsión hacia el futuro. Aunque esta previsión no es en sí resultado de un pensamiento cauteloso sino más bien pasional. En México, a las cosas, se les atribuyen emociones y sentimientos, de ahí que se almacene tanta basura bajo la premisa de que "trae buenos recuerdos".
            Vasconcelos, Ramos y Paz fueron intelectuales que tenían en común la curiosidad por desentrañar el misterio de lo que somos. El mexicano es un individuo oscuro resultado de innumerables mestizajes. Año con año la independencia e identidad del mexicano es celebrado en las plazas públicas de todo el país. Frente a la bandera mexicana, el grito de nuestra sociedad se levanta unísono dejando escapar quizá la frase que quizá más nos distingue: "Viva México cabrones". Esta frase encierra todo el misterio de nuestro ser. No sabemos qué es México, sin embargo, estamos seguros de su supremacía. México es orgullo pero también misterio que se expresa in la infinidad de un laberinto cósmico.
Bibliografía
        Paz, Octavio (2000). El laberinto de la soledad. FCE, México
        Ramos, Samuel (2011). El perfil del hombre y la cultura en México. Planeta, México.
        Vasconcelos, José (2010). La raza cósmica. Porrúa, México.

Apuntes hacia una identidad mexicana III: Octavio Paz



3. Octavio Paz
            Si Vasconcelos y Samuel Ramos marcaron la historia de nuestro país con sus reflexiones sobre la sociedad y cultura mexicana, Octavio Paz no puede quedar fuera de la lista de pensadores nacionales que dan importancia a México y lo sitúan dentro del panorama histórico mundial. El laberinto de la soledad apareció justo a la mitad del siglo XX, dejando una marca profunda en el pensamiento mexicano moderno. En esta obra, Paz restituyó al mexicano su individualidad histórica al tiempo que lanza una severa crítica de los acontecimientos históricos nacionales.
            En el primer capítulo de esta obra, Paz habla sobre el pachuco, aquel mexicano residente en los Estados Unidos, concretamente Los Ángeles, y que reniega de su origen. En el pachuco, vemos la autodenigración de la que Ramos nos habla en su Perfil del hombre y la cultura en México, con la ligera diferencia de que el pachuco no usa la autodenigración de sus orígenes para parecer europeo o, en este caso, americano; el pachuco no quiere ser mexicano, pero tampoco estadounidense, es una raza en suspenso perdida en el espacio y el tiempo. Las características del pachuco son, en gran medida, las del pelado y, a pesar del distanciamiento geográfico y cultural que mantiene con México, aún perviven en él características de nuestro país, por ejemplo la religión. El pachuco es creyente, cree que el mundo se puede redimir, que el pecado y la muerte constituyen el fondo último de la naturaleza humana:
En cambio los mexicanos, antiguos ó modernos, creen en la comunión y en la fiesta; no hay salud sin contacto. Tlazoltéotl, la diosa azteca de la inmundicia y la fecundidad, de los humores terrestres y humanos, era también la diosa de los baños de vapor, del amor sexual y de la confesión. Y no hemos cambiado tanto: el catolicismo también es comunión. (Paz, 2000: 27)
            En "Máscaras mexicanas", segundo apartado del Laberinto de la soledad, Paz describe así al mexicano:
Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: "al buen entendedor pocas palabras". En suma, entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo, y de los demás. Lejos, también de sí mismo. (Paz, 2000: 32)
            En el primer apartado Paz reconoce la obra de Samuel Ramos utilizada para este ensayo. Es evidente la influencia de este pensador en el párrafo antes citado de Paz, así como en las líneas que están por venir. Paz reconoce en el mexicano su aspecto introvertido. El mexicano es individual y no necesita de otros para subsistir. Prefiere quedarse callado a pedir ayuda. En la cita anterior, la existencia del pelado y del mexicano de la ciudad confluyen y se funden en uno mismo. Y es que el mexicano finalmente es el mismo sin importar la clase social. Ya sea por sangre o por aculturación, el mexicano es un mestizo que lleva en su psique la historia tropezada de este país que es México.
            Y así como Ramos apunta que el pelado es de «muchos güevos», Paz dice que la "hombría" del mexicano consiste en no "rajarse", que a fin de cuentas es lo mismo. Es decir, ambos reconocen la necesidad del mexicano de mostrarse como un ser muy viril ante la sociedad. Para el mexicano, uno puede ser todo menos cobarde, la falta de valor hace de un individuo un sujeto de poca confianza.
            Dice Samuel Ramos que la característica principal del mexicano de la ciudad es la desconfianza, y Paz lo respalda al decir que el mexicano se caracteriza por su hermetismo, el cual es un recurso de recelo y desconfianza, la cual no es más que el resultado del largo proceso de sometimientos y abusos a los cuales nuestra cultura ha sido expuesta durante tantos siglos. A diferencia de otras culturas, el hombre mexicano no está dispuesto al combate, sino que se repliega y se muestra defensivo ante cualquier evento. El mexicano no busca la batalla, sino evitarla incluso antes de que suceda. El mexicano se distingue por su fuerza ante las desgracias:

El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad. (Paz, 2000: 34)
            El mexicano es amante de la Forma. La inclinación por lo cerrado y no lo abierto lo ejemplifica. La doble influencia cultural, indígena y española, nos ha acostumbrado a vivir con cierto ceremonialismo. La rutina rige nuestras vidas y se prefiere hacer todo con un orden ya establecido. Tenemos tendencia por el pensamiento ordenado, por el mundo de la fórmula y preferimos actuar de un mismo modo siempre a buscar constantemente nuevas maneras de hacer lo mismo. El mexicano es tradicionalista por excelencia.
Las complicaciones rituales de la cortesía, la persistencia del humanismo clásico, el gusto por las formas cerradas en la poesía (el soneto y la décima, por ejemplo), nuestro amor por la geometría en las artes decorativas, por el dibujo y la composición en la pintura, la pobreza de nuestro Romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco, el formalismo de nuestras instituciones políticas y, en fin, la peligrosa inclinación que mostramos por las fórmulas —sociales, morales y burocráticas—, son otras tantas expresiones de esta tendencia de nuestro carácter. El mexicano no sólo no se abre; tampoco se derrama. (Paz, 2000: 37-38)
            En la esfera de las relaciones cotidianas, el mexicano procura que imperen el pudor, el recato y la reserva ceremoniosa. El pudor nace de la vergüenza que sentimos ante la desnudez propia o ajena. Y no es que nuestro cuerpo nos dé vergüenza, es algo que afrontamos con total naturalidad, pero las miradas extrañas nos sobresaltan porque el cuerpo descubre la intimidad. El pudor se convierte entonces en una cualidad defensiva y por eso la virtud que más estimamos en la mujeres es el recato, como en los hombres la reserva.
            La mentira es otra característica del mexicano, Mentimos por placer y fantasía, pero también para ocultarnos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, en la amistar, en el amor. Con ella no pretendemos engañar solamente a los demás, sino a nosotros mismos. El simulador pretende ser lo que no es. Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y deseamos ser. Respecto a las mentiras amorosas, es interesante lo que Paz señala:
Narcisismo y masoquismo no son tendencias exclusivas del mexicano. Pero es notable la frecuencia con que canciones populares, refranes y conductas cotidianas aluden al amor como falsedad y mentira. Casi siempre eludimos los riesgos de una relación desnuda a través de una exageración, en su origen sincera, de nuestros sentimientos. Asimismo, es revelador cómo el carácter combativo del erotismo se acentúa entre nosotros y se encona. El amor es una tentativa de penetrar en otro ser, pero sólo puede realizarse a condición de que la entrega sea mutua. (Paz, 2000: 45)
            La disimulación es una característica del mexicano que, quizá, venga desde la Colonia. Dice Paz que el que disimula quiere hacerse invisible, pasar inadvertido. El mexicano disimula.: "Temeroso de las miradas ajenas, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma, eco". (Paz, 2000: 46)
Defensa frente al exterior o fascinación ante la muerte, el mimetismo no consiste tanto en cambiar de naturaleza como de apariencia. Es revelador que la apariencia escogida sea la de la muerte o la del espacio inerte, en reposo. Extenderse, confundirse con el espacio, ser espacio, es una manera de rehusarse a las apariencias, pero también es una manera de ser sólo Apariencia. (Paz, 2000: 48)
            El mexicano tiene temor a las apariencias, por eso disimula su existencia hasta confundirse con su entorno. La disimulación mimética, es una de las tantas formas de nuestro hermetismo. El mexicano oculta su ser, a veces hasta negarlo.
            Por su ascendencia indígena y española, México es un país fundado en las tradiciones de culto, razón por la que nuestra cultura celebra fiesta siempre que puede. México se caracteriza por un espíritu festivo excesivo. Siempre festejamos algo: nacimientos, bautizos, bodas, quince años, divorcios, futbol, graduaciones, noviazgos, Semana Santa, Navidad, Día de muertos, cumpleaños, santos, fines de semana y un largo etcétera. Aquí todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para celebrar y escapar, aunque sea por un corto tiempo, de la rutina. En México se puede hablar prácticamente de un arte de la fiesta.
Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares. Los países ricos tienen pocas: no hay tiempo, ni humor. Y no son necesarias; las gentes tienen otras cosas que hacer y cuando se divierten lo hacen en grupos pequeños. Las masas modernas son aglomeraciones de solitarios. En las grandes ocasiones, en París o en Nueva York, cuando el público se congrega en plazas o estadios, es notable la ausencia del pueblo: se ven parejas y grupos, nunca una comunidad viva en donde la persona humana se disuelve y rescata simultáneamente. Pero un pobre mexicano ¿cómo podría vivir sin esas dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria? Las fiestas son nuestro único lujo; ellas sustituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, al "week end" y al "cocktail party" de los sajones, a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos. (Paz, 2000: 52)
            Es en el plano de las fiestas donde los mexicanos poseen una de las más extrañas en todo el mundo y es la del Día de muertos. En esta fiesta, se cree que los muertos regresan del más allá para convivir nuevamente con sus seres queridos que siguen con vida. Durante estas fechas, que son en noviembre, se hacen ofrendas y fiestas en casas e iglesias. Distinto a otros países, en México la muerte no inspira temor, aquí uno se burla de ella, le hace canciones, la frecuenta, le rinde culto, duerme con ella, la festeja. La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia de morir sino también de vivir. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta.
El mexicano, según se ha visto en las descripciones anteriores, no trasciende su soledad. Al contrario, se encierra en ella. Habitamos nuestra soledad como Filoctetes su isla, no esperando, sino temiendo volver al mundo. No soportamos la presencia de nuestros compañeros. Encerrados en nosotros mismos, cuando no desgarrados y enajenados, apuramos una soledad sin referencias a un más allá redentor o a un más acá creador. Oscilamos entre la entrega y la reserva, entre el grito y el silencio, entre la fiesta y el velorio, sin entregamos jamás. Nuestra impasibilidad recubre la vida con la máscara de la muerte; nuestro grito desgarra esa máscara y sube al cielo hasta distenderse, romperse y caer como derrota y silencio. Por ambos caminos el mexicano se cierra al mundo: a la vida y a la muerte. (Paz, 2000: 70-71)


Bibliografía

        Paz, Octavio (2000). El laberinto de la soledad. FCE, México
        Ramos, Samuel (2011). El perfil del hombre y la cultura en México. Planeta, México.
        Vasconcelos, José (2010). La raza cósmica. Porrúa, México.



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Apuntes hacia una identidad mexicana II: Samuel Ramos



2. Samuel Ramos
            «Quiere lo que puedes y puede lo que quieres» dice Samuel Ramos citando a Leonardo Da Vinci. Literato, filósofo, ensayista y crítico, Ramos es una de las figuras clave del pensamiento del siglo XX mexicano. Entre sus diversas obras filosóficas, El perfil del hombre y la cultura en México es esencial para entender el pensamiento y conducta del mexicano. En este largo ensayo, Ramos hace una análisis de la sociedad mexicana desde el siglo XIX, con la Independencia, hasta el siglo XX y el pensamiento de Justo Sierra, pensador que, para Ramos, es uno de los más grandes intelectuales e historiadores que nuestra nación ha dado. Además, en esta obra ensayística filosófica, hay un interés por la cultura mexicana que inicia con el análisis de los factores que obstaculizaron nuestro desarrollo social como lo son la autodenigración, la imitación, el mimetismo, así como ciertos hechos históricos mundiales, como la influencia francesa del siglo XIX.
            Ya desde el prólogo se dejan entrever algunas características de la cultura mexicana. El sentimiento de inferioridad, la aspiración imposible de ciertas formas de vida y el egocentrismo, son algunos de los defectos del mexicano descritos por Ramos. Es común en la sociedad mexicana el sentimiento de inferioridad. Frente al extranjero o al hombre poderoso es común una actitud sumisa. El mexicano se avergüenza de su condición y sede su voluntad al otro. Se siente inferior, pero no porque realmente los sea. En su psique, existe un desajuste entre sus capacidades y sus anhelos. En México siempre se quiere más de lo que se puede conseguir y esto forzosamente produce un sentimiento de frustración ante el constante fracaso. El egocentrismo es, también, un factor en contra. El sujeto se ensimisma y utiliza el amor, el dinero y la cultura son simples medios para lograr el éxito personal, no hay una preocupación real por el otro. En su egoísmo, se configura la condición del "pedante" que aparece casi al final del ensayo de Ramos. Estos vicios del mexicano antes citados conforman un círculo enfermizo en el cual el individuo cae una  otra vez debido a sus utópicas ensoñaciones. Lo anterior es el resultado de una inferioridad patológica más que real, que se adquirió con desde la Conquista:
Me parece que el sentimiento de inferioridad en nuestra raza tiene un origen histórico que debe buscarse en la Conquista y Colonización. Pero no se manifiesta ostensiblemente sino a partir de la Independencia, cuando el país tiene que buscar por sí solo una fisonomía nacional propia. Siendo todavía un país muy joven, quiso, de un salto, ponerse a la altura de la vieja civilización europea, y entonces estalló el conflicto entre lo que se quiere y lo que se puede. La solución consistió en imitar a Europa, sus ideas, sus instituciones, creando así ciertas ficciones colectivas que, al ser tomadas por nosotros como un hecho, han resuelto el conflicto psicológico de un modo artificial. (Ramos, 2011: 15)
            México es un país que vive en la fantasía, de ahí que muchas de sus empresas decaigan. La salvación, sin duda, está en las nuevas generaciones que son conscientes de los problemas actuales. México, para crecer, debe aprender, pero no el conocimiento de las aulas, sino el histórico, aquel que únicamente se gana con la experiencia de un país viejo. Nuestra nación aún es muy joven, pero tiene la ventaja de conocer los errores de sus vecinos, lo que facilita el camino hacia la cima si sabemos aprovechar las experiencias ajenas del extranjero. Nuestra sociedad, puede dar el gran salto hacia la plenitud sin necesidad de caer en los mismos errores de los grandes países. Hay que saber estudiar la historia para avanzar hacia el desarrollo sin caer en lo mismo. Salvar las guerras, los problemas económicos y hasta de salud es posible si nuestra mirada es atenta.
            Según Ramos, lo que el nuevo hombre contemporáneo necesita es un nuevo humanismo. Durante el Renacimiento, la sociedad dejó atrás lo ultra terreno y se centró en lo material, en la vida mundana del hombre. Hubo un desplazamiento de arriba hacia abajo y, a partir de entonces, la filosofía y la ciencia avanzaron a pasos agigantados hasta que finalmente se estancaron, convirtiéndose en herramientas de pensamiento negativas para la sociedad. El nuevo humanismo propone cambiar la dirección de nuestro pensamiento y actuar en el mundo, yendo de de abajo hacia arriba con la idea de salir de la calidad infrahumana en que nos encontramos. Regresar al pensamiento grecolatino, es menester de las nuevas sociedades. Dicho pensamiento de la Antigüedad, por imposible que parezca, sigue vigente. Ya desde antes de nuestra era los problemas que aquejan al hombre eran los mismos que los de hoy y la gran hazaña de las culturas griega y romana fue construir un pensamiento cuya vigencia se aplicara a cualquier periodo social.
            La configuración actual del mexicano se gesta desde la colonia, pero es en el siglo XIX donde adopta un pensamiento defectuoso. Con la Independencia, México quedó sin rumbo, se había desprendido de España y perdido el rumbo de su desarrollo. Para salir de la situación en que se hallaba imitó los modelos europeos tratando de dar rumbo a su proceso de formación nacional. Pero las ideologías imitadas no se adaptaban a la realidad del momento y la sociedad comenzó a decaer. Las élites estaban formadas por personajes que no sólo renegaban del pasado indígena, sino que también se avergonzaban de ello. Indígenas y mestizos fueron rezagados muchos años, evitando que la política nacional, la filosofía y la ciencia se estancaran. La autodenigración fue, quizá, el primer obstáculo de la nueva cultura mexicana.
De esta actitud mental equivocada se originó ya hace más de un siglo la autodenigración mexicana, cuyos efectos en la orientación de nuestra historia han sido graves «Los pueblos hispanoamericanos –dice Carlos Pereyra en su Historia de América– han sufrido las consecuencias de la tesis autodenigratoria sostenida constantemente durante un siglo, hasta formar el arraigado sentimiento de inferioridad étnica que una reacción puede convertir en exceso de vanagloria.» (Ramos, 2011: 21)
            Ya dijimos que la mímesis ha traído para la cultura consecuencias terribles. El país se ha estancado y una lucha de clases ha creado un ambiente de discordia a lo largo y ancho del territorio nacional. La imitación irracional es un error, y en México esta situación se presentó cuando intelectuales y políticos apostaron por un afrancesamiento del país. México puso sus ojos en París, centro cultural por excelencia del occidente moderno, y comenzó a segregar paulatinamente a todo aquel que no se adaptara a esta figura europea.
El tipo de hombre que se adueña de la situación en el siglo pasado es el mestizo. Su pasión favorita es la política. La norma de su actividad es la imitación irreflexiva. El país que admira con entusiasmo es Francia a la que considera como el arquetipo de la civilización moderna. Cuando lo que interesa reproducir de ésta es objeto de una intensa pasión, se incorpora sustancialmente en el alma por efecto de la alta temperatura afectiva. Francia llamó la atención de los mexicanos por sus ideas políticas, a través de las cuales el interés se generaliza a toda la cultura francesa. La pasión política actuó en la asimilación de esta cultura, del mismo modo que antes la pasión religiosa en la asimilación de la cultura española. Lo que comenzó por ser un sacrificio externo, se convirtió en una segunda naturaleza. (Ramos, 2011: 41)
            México se identificó con Francia durante el siglo XIX a pesar de que Inglaterra era el país políticamente más aventajado. ¿Por qué fue así? El proceso de identificación y mimesis parisiense es consecuencia de la latinización, México se latinizó en primer lugar por la adopción del catolicismo y en segundo por la legislación romana. Es una nación ideológicamente hermana de la francesa, la cual fundaba su filosofía en el pensamiento clásico latino, de ahí la separación espiritual que mantenía con los países sajones como Inglaterra y Estados Unidos. La máxima expresión de esta mímesis se da durante el mandato de Porfirio Díaz. Intelectuales, artistas y poderosos si visten y hablan a la manera francesa. Las casas y edificios durante esta época imitan en su totalidad a las francesas, incluyendo, incluso, canales para nieve aún cuando en México nunca nevaba. Esta imitación fanática llevó a México a una discordia social que, entre otras cosas, se manifestó con el derrocamiento de Díaz.
            Pasando a la configuración psicológica del mexicano, Ramos diferencia entre tres tipos distintos de individuo: el pelado, el mexicano de la ciudad y el burgués. No es momento aquí de explicar en su totalidad cada uno de ellos, pues Ramos ya lo hizo en su obra, pero sí apuntaremos algunos detalles, a grandes rasgos, para entender a qué se refiere cada uno de estos tipos.
            El pelado pertenece a la clase social más baja, se caracteriza por no ocultar nada y manejar un lenguaje vulgar. Su arreglo personal es deplorable y su educación primitiva. Vive al día y posee un sentido del humor que gira en torno a la sexualidad masculina. Ante todo, está su hombría y se defiende diciendo que tiene «muchos güevos». El pelado vive en una ficción constante donde no tiene noción de su ser y sus capacidades. Aspira muy alto, pero no hace nada por lograr sus metas, lo que le ocasiona un complejo de inferioridad que lo lleva una y otra vez a un constante fracaso, del cual se defiende sosteniendo su hombría.
            El mexicano de la ciudad se distingue de los otros por su desconfianza. No cree en nada y se deja guiar por su empirismo. Desconfía de todos sin razón. Desprecia por igual a científicos que a intelectuales. No piensa en el futuro y realiza su trabajo pensando en el hoy o mañana, pero nunca en un tiempo distante.
Una nota íntimamente relacionada con la desconfianza es la susceptibilidad. El desconfiado está siempre temeroso de todo, y vive alerta, presto a la defensiva. Recela de cualquier gesto, de cualquier movimiento, de cualquier palabra. Todo lo interpreta como una ofensa. En esto el mexicano llega a extremos increíbles. Su percepción es ya francamente anormal. A causa de la susceptibilidad hipersensible, el mexicano riñe constantemente. Ya no espera que lo ataquen, sino que él se adelanta a ofender. A menudo estas reacciones patológicas lo llevan muy lejos, hasta a cometer delitos innecesarios. (Ramos, 2011: 60)
            A el burgués, tercer tipo de la sociedad mexicana, se le atribuyen características como la educación elevada y la posición social. El burgués es muy similar al pelado, salvo que el primero tiene que reprimir más sus acciones por temor a que sea rebajado socialmente, mientras que, en el caso del pelado, esto importa poco. En esencia, el burgués y el pelado son seres con los mismos temores, y sólo se distinguen por la posición social.
La diferencia psíquica que separa a la clase elevada de mexicanos de la clase inferior, radica en que los primeros disimulan de un modo completo sus sentimientos de menor valía, porque el nexo de sus actitudes manifiestas con los móviles inconscientes es tan indirecta y sutil, que su descubrimiento es difícil, en tanto que el «pelado» está exhibiendo con franqueza cínica el mecanismo de su psicología, y son muy sencillas las relaciones que unen en su alma lo inconsciente y lo consciente. Ya se ha visto que estriban en una oposición. (Ramos, 2011: 62)
            El Ateneo de la Juventud contaba con escritores como Justo Sierra, José Vasconcelos, Antonio Caso, Alfonso Reyes y muchos otros intelectuales destacados. El Ateneo se fundó como respuesta al fracaso que el positivismo estaba teniendo en México. Este grupo de intelectuales ocuparon cargos altos en la política y la Universidad. Algunos de ellos fueron rectores y otros secretarios. Su obra y empresa por el desarrollo cultural e intelectual en México no tiene precedentes. Apostaban por las culturas clásicas griega y romana y por filósofos franceses liberales, pero siempre conscientes de las capacidades y alcances de la sociedad.
La obra del Ateneo en su totalidad fue una sacudida que vino a interrumpir la calma soñolienta en el mundo intelectual de México. Propagó ideas nuevas, despertó curiosidades e inquietudes y amplificó la visión que aquí se tenía de los problemas de cultura. Mediante su filosofía tendió a contrarrestar el influjo creciente del utilitarismo, inculcando en la juventud el sentido de los valores del espíritu. El resultado que dio aquella agitación en la década que comienza en 1910 fue elevar el tono y ensanchar el radio de nuestra vida intelectual. (Ramos, 2011: 79)
            Pero lamentablemente la visión de progreso en México cambió nuevamente y con ello el Ateneo decayó así como los estudios universitarios y el interés de los jóvenes por los estudios superiores. La nueva tendencia en la educación era la acción útil. Se apostaba por una vida fundada en el pragmatismo y no en la constante actividad intelectual. Aquí estuvo el error, pues si la educación se enfoca únicamente a la acción inmediata y útil, quiere decir que prepara a la sociedad para ser absorbida rápidamente por la civilización. La escuela debe preparar a los hombres para lo contrario, para defenderse de una sociedad que los humilla y rebaja. La tarea esencial de la educación es enseñar a los hombres a ser libres, a luchar por su identidad, por su esencia, y dotarlos de una voluntad que sea capaz de transformarlos para bien, sólo así la cultura puede salir victoriosa.
México debe tener en el futuro una cultura «mexicana»; pero no la concebimos como una cultura original distinta a todas las demás. Entendemos por cultura mexicana la cultura universal hecha nuestra, que viva con nosotros, que sea capaz de expresar nuestra alma. Y es curioso que, para formar esta cultura «mexicana», el único camino que nos queda es seguir aprendiendo la cultura europea. Nuestra raza es ramificación de una raza europea. Nuestra historia se ha desarrollado en marcos europeos. Pero no hemos logrado formar una cultura nuestra, porque hemos separado la cultura de la vida. [...] Si queremos dar solidez a nuestra obra espiritual futura, hay que preparar a la juventud en escuelas y universidades, mediante una severa educación orientada esencialmente hacia la disciplina de la voluntad y la inteligencia. El saber concreto es lo que menos debe interesamos de la cultura. Lo que para México es de una importancia decisiva, es aprender de la cultura lo que en ella hay de disciplina intelectual y moral. Cuando se llegue a obtener ese resultado, se comprobará que, aun los individuos que escalen las altas cimas de la vida espiritual, no caerán en el orgullo de despreciar la tierra nativa. Al contrario, su altura les permitirá comprender y estimar mejor la realidad mexicana. (Ramos, 2011: 95-96)
            Las alentadoras palabras anteriores, nos indican que aún es posible cambiar y mejorar la sociedad mexicana, quizá para ello sea necesario primero librar a los mexicanos de los complejos inconscientes que hasta hoy han cohibido el desarrollo de su ser verdadero. Es imprescindible que el mexicano escape del dominio de las fuerza inconscientes que durante siglos le han entorpecido su andar por el mundo. Para ello la sinceridad juega un papel fundamental. Cuando los individuos se reconozcan como lo que son y no como lo que piensan o querrían ser, es cuando darán sus primeros pasos hacia una vida plena y estable. Mientras no exista sinceridad en nuestros actos, la afirmación de nuestra individualidad será imposible. Para el desarrollo de nuestra sociedad mexicana, paradójicamente hay que partir del supuesto de que no existe en sí una sociedad mexicana, dejándonos guiar por el camino del tiempo, siempre sinceros, para tomar lo propio y dejar lo ajeno. En la educación, por ejemplo, la enseñanza debe partir desde lo que es y ha sido México y no desde lo que es y ha sido Europa. La educación actual no se centra en nuestra Nación sino que la relega, de ahí a que en muchas ocasiones el origen dé vergüenza. Si México ha fracasado en muchas de sus empresas es por desconocimiento del mismo medio donde éstas se desenvuelven. Es indispensable revisar y reelaborar los programas escolares, dejar a un lado aquellas doctrina que en nada nos favorecen y fomentar el amor por México. Si una nación crece sin prejuicios hacia su tierra, es más fácil maravillarse y crear en pro del lugar donde se vive. El mexicano es pasionario y ve el mundo de afuera hacia adentro, de ahí que exista tanto egoísmo y fracaso en las ciencias y el arte, en la política y en la moral. La pasión individual, interior, negativa, hace estéril cualquier esfuerzo por mejorar la sociedad, pues utiliza cualquier cosa como un medio de satisfacción personal. Es labor de la educación reestructurar a fondo nuestro pensamiento y orientarlo hacia una vida basada en la pasión positiva, aquella que dirige su mirada hacia la consolidación de la sociedad como un ser colectivo en favor de la Nación. También es labor de la educación volver a enseñar a los individuos a pensar. Si en México existe una cierta capacidad de pensamiento, está aún por desarrollarse y disciplinarse. Incitar a la reflexión, es exclusivamente para mirar nuestro alrededor y poder identificar las problemáticas que en él existen. EL ejercicio honrado de la inteligencia requiere a veces un esfuerzo que puede llegar a ser penoso, pues la realidad puede no ser como uno la creía. El autoengaño debe quedar fuera so pena de regresar al foso del cual intentamos salir. El sujeto que piensa se ve precisado a vigilar los procesos de conocimiento al mismo tiempo que la totalidad de su espíritu. México necesita conquistar mediante la disciplina un auténtico pensamiento nacional, si no, seguiremos absorbiendo pensamientos e ideologías extrañas y extranjeras que de nada sirven para nuestra cultura. El pensamiento mexicano debe resumirse, para su "fácil" aplicación a dos puntos esenciales: el primero de ellos es cómo es realmente algún aspecto de la existencia mexicana; y dos, cómo debería ser de acuerdo a las posibilidades reales. Si somos sinceros en nuestro quehacer y cultivamos constantemente nuestro pensamiento, redimiremos los problemas del pasado, pero siempre y cuando nuestras acciones involucren a todos los niveles de la sociedad; la segregación destruye individuos y sociedades.

Bibliografía
        Paz, Octavio (2000). El laberinto de la soledad. FCE, México
        Ramos, Samuel (2011). El perfil del hombre y la cultura en México. Planeta, México.
        Vasconcelos, José (2010). La raza cósmica. Porrúa, México.



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Apuntes hacia una identidad mexicana I: José Vasconcelos


Estamos condenados a inventarnos
una máscara y, después, a descubrir
que esa máscara es nuestro verdadero rostro
Octavio Paz
La vida personal está hecha de elecciones. La imagen de cada individuo es un collage de expresiones ideológicas. Desde la cabeza hasta los pies mostramos una manera particular de vestirnos. Y es en los accesorios que utilizamos donde, quizá, expresamos más lo que creemos ser. Aretes, anillos, pulseras, relojes, corbatas, piercings, tatuajes y hasta implantes, son objetos que elegimos llevar con nosotros por un sólo motivo que va más allá del simple gusto superficial: la identidad.
            Si bien la búsqueda de una identidad, de nuestra identidad individual, no es sencilla, mucho menos lo es cuando hablamos de una colectividad. Ya sea que se trate de una pequeña comunidad o de un gran país, la identidad y definición es esencial para el desarrollo de una sociedad.
            En América, debido a las guerras de conquista iniciadas por Europa en el siglo XV, los pueblos indígenas sufrieron de un despojo cultural que terminó con la aniquilación de sus sociedades, dejando, como consecuencia, una pérdida de identidad. Los indígenas no pertenecían a occidente, pero tampoco al medio donde habían nacido, su imagen simbolizaba una raza sin raíces, un tronco caído incapaz de alimentarse de la tierra a pesar de permanecer sobre ella. Durante siglos, como judíos errantes, los indígenas sin nombre y sin pasado vagaron por lo que antes eran sus tierras en búsqueda de una nueva identidad, pues, intentar rescatar su pasado, era una empresa que sabían imposible.
1. Vasconcelos
José Vasconcelos es, quizá, la figura pública en pro de la educación más recordada en México. A pesar de las severas críticas que el filósofo y escritor mexicano –así como su obra– puedan recibir, es innegable que Vasconcelos desempeñó una labor lúdica como ningún otro de sus contemporáneos o predecesores. Su prosa es pausada y pulida y, sus polémicas ideas, adictivas –en el buen sentido de la palabra–. Leer a Vasconcelos es, para algunos, un exótico placer .
            José Vasconcelos nació –como Juárez– en Oaxaca un 27 de febrero de 1882. Desde muy joven estudió en los mejores colegios nacionales y extranjeros. Se recibió como abogado y fue miembro fundador del Ateneo de la juventud. Durante su carrera política ocupó altos puestos dentro de la Universidad Nacional –fue el noveno rector de la institución– , como secretario de educación y candidato presidencial, campaña que le fue saboteada y arruinada. Vasconcelos fue víctima de varios atentados contra su vida, vivió en el exilio en más de una ocasión y fue criticado por su pensamiento utópico, el cual se aprecia en su obra La Raza Cósmica publicada en 1925.
            La raza cósmica es un breve ensayo en el cual Vasconcelos explica el proceso de creación de lo que él llama "la raza cósmica" o "quinta raza". Si bien no todas las ideas de este ensayo son vigentes y aceptadas, el análisis utópico futurista es sumamente interesante gracias a las relaciones interculturales que se describen.
            Vasconcelos, con cierto temor, apuesta por el mestizaje como un medio de mejoramiento de la raza humana. Esta es la tesis central de su ensayo, el cual es, a grandes rasgos, una hipótesis de un posible futuro para la humanidad en el cual, si el mestizaje favoreció a la raza, el mundo será un lugar de prosperidad, pero si sucede lo contrario, y el mestizaje degrada la especie, se perderán las civilizaciones. A manera de ejemplo, Vasconcelos cita a la raza egipcia la cual, después de mezclarse, levantó el segundo gran imperio:
Se presume entonces que ya para la época del segundo imperio, se había formado una raza nueva, mestiza con caracteres mezclados de blanco y de negro, que es la que produce el Segundo Imperio, más avanzado y floreciente que el primero. La etapa en que se construyen las pirámides, y en que la civilización egipcia alcanza su cumbre, es una etapa mestiza. (Vasconcelos, 2010: XVI)
            Posterior al imperio egipcio, Vasconcelos ejemplifica el éxito del mestizaje en civilizaciones posteriores, estas son la griega, en primera instancia, y la romana en segunda. En ambas culturas el mestizaje se dio entre razas blancas a diferencia de la egipcia, donde se dio entre blancos y negros. Los ejemplos anteriores más otro correspondiente a la invasión de los bárbaros, son un preámbulo para justificar la supremacía de la raza Europea. Si el mestizaje es entre razas símiles el resultado es rápidamente positivo en cuanto al desarrollo de las nuevas razas, pero, si esta mezcla se da entre razas distantes, como es el caso de la europea y la prehispánica, los resultados positivos tardarán más en manifestarse, sobre todo, si no se da –también– una mezcla espiritual, como es el caso de los Estados Unidos de Norteamérica, donde las razas dominantes son las blancas, pero siempre en concordancia con la especie negra, que aportó una fuerza espiritual a la cultura. En palabras de Vasconcelos, los Estados Unidos fueron un crisol donde se fundieron las distintas clases europeas. El papel del blanco es fundamental para el mestizaje, es la raza que servirá de puente para la configuración de la quinta raza:
Es claro que el predominio del blanco será también temporal, pero su misión es diferente de la de sus predecesores; su misión es servir de puente. El blanco ha puesto al mundo en situación de que todos los tipos y todas las culturas puedan fundirse. La civilización conquistada por los blancos, organizada por nuestra época, ha puesto las bases materiales y morales para la unión de todos los hombres en una quinta raza universal, fruto de anteriores y superación de todo lo pasado. (Vasconcelos, 2010: 5)
            Aparecen justo después de la cita anterior, las primeras características de lo mexicano señaladas por Vasconcelos. Durante el periodo de la conquista, España consiguió para sí gran parte del territorio americano, mientras que los Estados Unidos se tuvieron que conformar con una parte del territorio del norte. Posterior a la revolución francesa, las diversas colonias europeas en América comienzan a luchar por su Independencia, tal es el caso de México, que comienza este proceso en el siglo XIX. Las guerras en América sucedían contra Europa y los mismos territorios del continente, y es en ese periodo cuando Estados Unidos comienza a conquistar nuevos territorios cada vez más al sur. La Nueva España perdió mucho de su territorio y, como consecuencia de la guerra de Independencia, decide romper sus relaciones tanto con los Estados Unidos como con el resto de los países latinoamericanos. Vasconcelos apunta aquí una cualidad de los mexicano, el resentimiento y el egoísmo. A diferencia de México, Estados Unidos nunca rompió sus nexos con Inglaterra y Austria y Vasconcelos afirma que los estadounidenses se sienten tan ingleses como los ingleses. Pero en México no es así, y el país se hunde en supuestos patriotismos egoístas sin darse cuenta que sigue bajo el mandato de los gobiernos extranjeros. México se escuda tras de su bandera, llamada "trapito" por Vasconcelos, para luchar por sus supuestos derechos y libertades cuando ni siquiera ha sido capaz de asimilar y aceptar su pasado indígena:
Si nuestro patriotismo no se identifica con las diversas etapas del viejo conflicto de latinos y sajones, jamás lograremos que sobrepase los caracteres de un regionalismo sin aliento universal y lo veremos fatalmente degenerar en estrechez y miopía de campanario y en inercia impotente de molusco que se apega a su roca. (Vasconcelos, 2010: 8)
El estado actual de la civilización nos impone todavía el patriotismo como una necesidad de defensa de intereses materiales y morales, pero es indispensable que ese patriotismo persiga finalidades vastas y trascendentales. Su misión se truncó en cierto sentido con la Independencia, y ahora es menester devolverlo al cauce de su destino histórico universal. (Vasconcelos, 2010: 8-9)
            El error en México fue haber renegado de nuestras tradiciones. Los Estados Unidos se emanciparon políticamente de los sajones, pero no tradicional ni culturalmente. Aquí se intentó cortar de tajo con el pasado y la sociedad quedó un vaivén que oscila entre la nada. Con la guerra de Independencia la supuesta nación mexicana se hundió más. Afirma Vasconcelos que la Independencia se vio desfavorecida cuando se  llevó a cabo con unos planes cuyos objetivos eran intrascendentales. La sociedad se conformó con fundar "nacioncitas y soberanías de principado". Había una obsesión localista, ciega a la búsqueda de un mundo mayor, el cual conquistaron los norteamericanos, pero a costa de eliminar a sus habitantes nativos. Caso contrario es México y, por tanto, es digno de resaltar ya que, quizá en la mezcla con la raza indígena, se halle la clave del desarrollo y perfeccionamiento mexicano:
[...] pero cometieron el pecado de destruir esas razas, en tanto que nosotros las asimilamos, y esto nos da derechos nuevos y esperanzas de una misión sin precedentes en la Historia. (Vasconcelos, 2010: 14)
            Los Estados Unidos tenían la misión de convertirse en imperio y por eso su tarea se ha logrado más rápidamente que la nuestra –según afirma Vasconcelos–, que no es sino perfeccionar la especie a través de un mestizaje basado en el amor y en la conciencia. Los Estados Unidos representan la figura de los últimos imperios de la raza blanca, sin embargo México, y en general América Latina, es el nuevo crisol donde confluyen las razas de todo el mundo. El mestizaje se da en todos los sentidos y en todas las razas, ya sea vía sexual o espiritual.
Tantos que han venido y otros más que vendrán, y así se nos ha de ir haciendo un corazón sensible y ancho que todo lo abarca y contiene, y se conmueve; pero henchido de vigor, impone leyes nuevas al mundo. Y presentimos como otra cabeza, que dispondrá de todos los ángulos, para cumplir el prodigio de superar a la esfera. (Vasconcelos, 2010: 18)
            Para que la civilización alcance su mayor esplendor es necesario que pase primero por dos etapas, las cuales la llevarán a una tercera y última fundada, no en las reglas, sino en la inspiración. Estos tres estados mencionados por Vasconcelos son: el material o guerrero, el intelectual o político y el espiritual o estético. Actualmente, según Vasconcelos, nos encontramos ya en el segundo estado perteneciente al mundo intelectual y, para llegar al tercer y final estado, es necesario atravesar unas pruebas necesarias en el desarrollo del ser:
Desgraciadamente  somos  tan  imperfectos,  que  para  lograr semejante vida de dioses, será menester que pasemos antes por todos los caminos, por el camino del deber, donde se depuran y superan los apetitos  bajos,  por  el  camino  de  la  ilusión,  que  estimula  las aspiraciones más altas. Vendrá en seguida la pasión que redime de la baja  sensualidad. Vivir  en  pathos,  sentir  por  todo  una  emoción  tan intensa, que el movimiento de las cosas adopte ritmos de dicha, he ahí un rasgo del tercer período. A él se llega soltando el anhelo divino para que alcance, sin puentes de moral y de lógica, de un solo ágil salto, las zonas  de  revelación.  Don  artístico  es  esa  intuición  inmediata  que brinca sobre la cadena de los sorites, y por ser pasión, supera desde el principio  el  deber,  y  lo  reemplaza  con  el  amor  exaltado.  Deber  y lógica, ya se entiende que uno y otro son andamios y mecánica de la construcción; pero el alma de la arquitectura es ritmo que trasciende el  mecanismo,  y  no  conoce  más  ley  que  el  misterio  de  la  belleza divina. (Vasconcelos, 2010: 25)
            En más de una ocasión Vasconcelos recalca la importancia de fundar la nueva raza en el amor, si los actos no son sinceros y desinteresados, la raza cósmica no puede estar completa. Para que esta nueva especie logre su aparición, las razas de todo el mundo deben ceder, olvidarse de toda pureza racial. La raza cósmica se caracteriza porque deja lo racional para vivir en la fantasía.
            El mexicano se desprendió del dominio español para caer en el norteamericano. Vasconcelos apunta que esto era inevitable aún cuando fuera previsible, pues es condición natural de los pueblos ser sometidos durante largos periodos, sin embargo, actualmente es reversible el yugo bajo el cual permanecemos si nos enfocamos en crea ciencia y vida propia: "Si no se libera el espíritu, jamás lograremos redimir la materia". (Vasconcelos, 2010: 30)
            La raza cósmica es un texto donde se habla poco del mexicano, pues la tesis central de este ensayo es recalcar la importancia del mestizaje en América y no realizar un estudio sobre la condición del mexicano. Vasconcelos, a través de diferentes teóricos –que van desde científicos hasta filósofos y religiosos– construye un discurso filosófico muy similar en estructura y prosa a los diálogos de Platón, incluso él mismo cita, casi al final de su ensayo a Fedro.
            Para Vasconcelos lo más importante era el amor y la belleza. La influencia grecolatina en su prosa y pensamiento es más que evidente. Escritores como él han habido pocos. Sin duda es un ejemplo de la gran calidad intelectual de la que gozaba la política de antaño.
                  La raza cósmica, como el resto de la obra vasconcelista, es una prosa que se debe leer con mucha minuciocidad so pena de caer en el error garrafal de la crítica insulsa. Vasconcelos creía en la ciencia, la filosofía y las culturas de la antigüedad. Su ensayo está repleto de referencias a Hermes Trismegisto, a la tabla Esmeralda, a Lemuria, a la Atlántida y los atlantes, a las tradiciones sagradas del antiguo Egipto así como a su enigmático Libro de los Muertos. Nos guste o no, el pensamiento vasconcelista es sumamente religioso y filosófico, evidencia de esto, además de lo ya mencionado, es la pitagórica conclusión que nos ofrece al final de su ensayo, donde nos demuestra cómo su pensamiento se ajusta perfectamente al número ocho, símbolo de la igualdad de razas, destino que, aunque sabía nunca vería, creía posible si los actos de los hombres, como los de Jesucristo, eran regidos por el amor a la humanidad entera, simbolizada por cuatro razas equivalentes, quizá, a los cuatro elementos primordiales manejados también por Pitágoras y que dan como resultado, después de su fusión, un quinto elemento, una quintaesencia –como en la alquimia–, una quinta raza, la raza final, la raza cósmica.

Bibliografía
        Paz, Octavio (2000). El laberinto de la soledad. FCE, México
        Ramos, Samuel (2011). El perfil del hombre y la cultura en México. Planeta, México.
        Vasconcelos, José (2010). La raza cósmica. Porrúa, México.



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