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jueves, 1 de diciembre de 2011

domingo, 14 de agosto de 2011

Entrevista a Alejandro Jodorowsky en GatoPardo

Entrevista exclusiva hecha a Alejandro Jodorowsky por la revista GatoPardo en octubre de 2010.



«Alejandro Jodorowsky debió haber sido un asesino. La muerte trae preocupado al multifacético artista chileno. A sus 81 años, el psicomago, cineasta y escritor hace un recuento sobre su vida, sus logros y los demonios que lo acompañaron en el camino.»

(Entrevista) por Alejandra S. Inzunza


La entrevista fue escaneada directamente de la revista GatoPardo. Las imágenes de este post vienen incluidas dentro del fichero PDF que más abajo comparto.


Extractos: 

«El escritor, actor, cineasta, poeta y psicomago se aferra a crear lo que sea para luchar contra el olvido y la desesperación.» 

«A los 70 el temor a la muerte es una idea. A los 81 una forma de vida Jodorowsky teme dormir y no despertar al día siguiente.» 

«Yo cuando llegaba a mi casa en la noche andaba con un revolver en la mano. Salía la gente con cuchillos y en medio de la calle había charcos de sangre. Mi destino era el de un asesino.» 

«El talento lo tienes o no lo tienes. Si lo tienes estás creando todo el tiempo y si no, entonces te esfuerzas y sólo logras la autodestrucción, por eso hay tanto destroyer en el arte.» 

«Respeto a Chile por mi infancia y mi adolescencia. Respeto el vientre de mi madre aunque haya sido un monstruo, pero no tengo nacionalidad interna. Soy terráqueo y me parece limitado»



Esta entrevista no muestra esencialmente el pensamiento ni ideología jodorowskyana debido a la edición hecha al texto antes publicarlo, sin embargo, no está de más leerla.

Para descargar la entrevista visita el siguiente enlace:


Nota: Si al dar clic en el enlace no te redirecciona hacia la descarga del archivo, vuélvelo a intentar las veces que sea necesario. No sé por qué sea, pero a veces no enlaza a la primera y hay que intentarlo varias veces. 

No te olvides de visitar mis otros post de Alejandro Jodorowsky. 




miércoles, 3 de agosto de 2011

Habla mi Dios Interior de Alejandro Jodorowsky



«El mismo misterio que sustenta al universo se encuentra en el centro de nuestra psique. Esa todopoderosa energía, simbolizada por la antorcha que enarbola el andrógino del arcano XV (El Diablo), es la que llamamo Dios interior, manifestación del Arquitecto Universal en nuestra encarnación. No se le puede conocer pero sí sentir. Es nosotros, pero nosotros no somos él. Para que actúe como aliado hay que cederle nuestra voluntad, atrevernos en un estado de trance a sacrificar la insistente percepción de nosotros mismos, toda idea, sentimiento o deseo y, de negación en negación, acercarnos a su definitiva afirmación. Aceptar que es el astro luminoso del cual sólo somos la sombra.

Esta presencia de un Dios interior convierte de inmediato nuestra Conciencia en sacerdote y nuestro Cuerpo en templo. En el nivel de conciencia divina se obedece continuamente. A este desarrollo llegan pocos, por ejemplo un Jesucristo, un Buda, un Mahoma, un san Juan de la Cruz. El ego individual (Jesús) se pliega reverente ante la Esencia (Cristo). Aunque la tarea parezca imposible, el iluminado trabaja sin descanso para lograr que todos los seres vivientes alcancen este nivel de Conciencia...»

Alejandro Jodorowsky en Evangelios para Sanar



Para descargar Habla mi Dios Interior, texto sanador de Alejandro Jodorowsky,
sigue este enlace:

sábado, 23 de julio de 2011

Silencios en abismo: La poesía mortal de José Pascual Buxó


Cuando por un decreto de las fuerzas supremas
aparece el poeta en el tedio del mundo,
su madre, horrorizada, de blasfemias henchida,
alza hasta Dios, piadoso, sus dos puños crispados:
–«¡Ah! ¿por qué no parí todo un nido de víboras
en vez de alimentar esta triste irrisión?
¡Maldita sea la noche de efímeros placeres
en la cual concibió mi vientre su castigo!»
Baudelaire

El posmodernismo es el tiempo de la soledad. Un tiempo donde el poema busca su esencia poética pura más allá de los límites esclavistas del lenguaje. Ni el poema ni el poeta tienen un lugar dentro del posmodernismo, sin embargo, paradójicamente tampoco lo tienen fuera de él; el modernismo se encargó de echar abajo las tradiciones y sistemas clásicos y, con estos, la oportunidad de refugiarse en el pasado.
            José Pascual Buxó representa de manera dual al poeta posmodernista que ha sido exiliado: en primer lugar, huyó de su natal España cuando ésta se encontraba matizada por los albores de la Guerra Civil Española; y, en segundo lugar, es un exiliado de la poesía: Dónde escribir poesía si no es fuera de ésta. Buxó no pertenece a la generación de los poetas vanguardistas, su mundo se articula tambaleante sobre los cadáveres que la guerra y la ruptura con las tradiciones han dejado a su paso.
            Con la degradación de las vanguardias y de las incipientes expresiones artísticas del siglo XX se dio pasó a la posmodernidad y, con ello, a un vacío en la poesía. El primer poema de Pascual Buxó titulado "¿Dónde el poema?" –que aparece en su primer poemario Tiempo de soledad (1954)– así lo muestra ya desde el título –tanto del poemario como del poema–, en el cual se alude a ese espacio desconocido en que el poema existe como una entidad nueva –reformulada– y, por tanto, desconocida –redescubierta–:
¿Dónde el poema?

Fuera de mí
su huella
–la del agua–
en la palabra abierta.

Dentro de mí
su lumbre
–su sonido–
embistiendo en la niebla.
            El poema es para Buxó una entidad desterrada –exiliada– que busca un nuevo terreno donde arraigarse. Una vez que la modernidad arrasó con las tradiciones estéticas e ideológicas, es menester de la nueva poesía posmoderna elegir uno de los dos senderos que se le presentan: aprender a vivir en la soledad e incertidumbre o rehacer un nuevo mundo, pero no con el polvo que la modernidad ha dejado tras de sí–pues sería caer en los errores del pasado– sino con la esencia original del mundo y del cosmos: la poesía.
            En "¿Dónde el poema?" la poesía tiene lugar entre la incertidumbre de dos elementos arquetípicos: el agua, si la poesía es externa al poeta; y el fuego, si ésta arde en los terrenos del alma. Es notable que la presencia de ambos elementos arquetípicos se dé entre aquellos que son contrarios –agua/fuego– y no entre los que se retroalimentan –fuego/aire por ejemplo– provocando que, para que la poesía subsista más allá del dominio que tiene para sí, uno de los elementos ceda. Si es el fuego, la poesía encuentra su lugar en las limitaciones del lenguaje; si por el contrario, la esencia poética alimenta su llameante fulgor, la poesía es a través de las infinitas manifestaciones del sonido, libres de toda forma carcelaria como lo es el lenguaje. La poesía entonces, como un rayo de sol en la noche, se abre paso en el abismo del ser «embistiendo en la niebla». Reminiscencia, quizá, del "daemon" platónico.
Arde el silencio, lo empujan,
puntas de metal, palabras.

Desde tu morada oscura
¡hasta dónde,
sangre mía,
te levantas!

Cae el silencio, un manto
de arena desaforada.

Sangre mía
¿hasta dónde te acorralan?
            Segundo poema de Buxó perteneciente al poemario líneas arriba citado. El silencio arde, víctima quizá de aquella lumbre sonora enunciada en el poema anterior y que ahora, confusamente, se torna en palabras. Antes, el fulgor poético no necesitaba del lenguaje para ser, bastaba con los sonidos, sin embargo, ahora aquel fuego primigenio aquí se torna en metálicas palabras de hostil punta empujando al silencio al tiempo que éste arde.
            El poeta clama para sí. Se repliega en su abismo interior cuestionando, «¡hasta dónde, sangre mía, te levantas!». En el alma poética ya no brilla la lumbre del poema anterior, sino que la sangre bulle y se levanta hasta alturas desconocidas, de ahí la pregunta ¿hasta dónde te levantas?
            «Cae el silencio», cómo entender este verso. Por un lado, puede ser una derrota ante las "puntas de metal". El silencio ha caído, ha muerto y la poesía bulle –como la sangre– buscando su forma en las palabras de un lenguaje que se muestra como un «manto de arena desaforada». Por otra parte, decir, «Cae el silencio», puede ser una referencia a la llegada inminente del mutismo, de la afonía, de un mundo exento de cualquier sonido. El "silencio" se hace presente tras su muerte ante las metálicas puntas. Cristo resucitó al tercer día, y el silencio en el tercer verso. El primero para asegurar la vida dichosa y eterna del hombre; el segundo para estrujar su corazón posmodernista y recordarle la miseria y soledad a que está confinado. ¡Dios ha muerto! cantaban los nuevos hombres de la modernidad al tiempo que pisoteaban los restos del que fuera eterno alguna vez; sin embargo, en el posmodernismo Dios ha desaparecido, y con él las esperanzas de salvación de la estirpe humana.
            El poema anterior finalmente concluye con la pregunta "¿hasta dónde te acorralan?". Si optamos por que el tercer verso denota la victoria de las metálicas palabras sobre el silencio,  nos encontramos ante un asedio, por parte de las "puntas de metal" hacia la sangre del poeta. En cambio, si aceptamos la calidad posmodernista del silencio resucitado, estamos frente a la dominación de la sangre por parte de un mutismo manifiesto en un "manto de arena desaforada". Cualquiera que sea el final que decidamos atribuirle al poema, nos encontramos ante una aniquilación violenta del ser, ya sea por parte del empuje mortal de las palabras o por el asfixiante y desolador silencio posmodernista. Lo que postreramente el poema deja ver es una poesía mortal, final, perecedera enmarcada dentro de los límites de la desesperanza.
¡Qué desierta la noche!
Oscuras aguas llegan,
silenciosas;
hierro móvil aprieta.

¡Qué desierta ciudad
y más desiertas
señales luminosas,
faros ciegos,
incendiados ojos en tiniebla!

Despiertan en la costa,
luces mueven,
apartan a brazadas
y a cuchillos
soledades y esperas.


(–¡Izad banderas, náufragos,
alerta!)

Allá en el horizonte
–tan débil– una herida
de blanca soledad
reluce y tiembla.

Un palpitante hálito pregona
estallidos de voz.

Nada resuena

Sólo el silencio sube
–tan sonoro en la sangre–
hasta el oscuro mar.
Nadie se mueve.
            La noche es el escenario donde este tercer poema de Buxó –presente en el mismo poemario de los dos poemas anteriores– se desenvuelve. Una noche desierta que se extiende sobre un mar oscuro, su inmenso espejo, creando en la mente del lector la imagen de un lugar oscuro, abismal, similar al cosmos o, quizá más atinadamente, al mundo posmoderno. La segunda estrofa inicia y aparece una compañera de la noche, la ciudad, desierta también por el hombre y sólo habitada por pequeñas luces: «faros ciegos, incendiados ojos en tiniebla» similares a la luz que El Ermita del Tarot de Marsella sostiene en su mano derecha al tiempo que, con su bastón, avanza entre la espesura de la niebla. El Ermita se mueve a tientas, como las tenues luces del poema.
            La costa se llena de luces y, como el viejo del bastón y la linterna, apartan a cuchillazos «soledades y esperas». Hay esperanza. Las banderas se levantan ante la inminente llegada de los náufragos del oscuro mar. Aparece la luna. Inmensa, como «una herida de blanca soledad» que se tambalea como la frágil de los hombres que desde su triste altura mira. Una voz. El sonido irrumpe en la noche, voces y gritos se acercan a las costas, las luces tiemblan, la luna enmudece, la noche se muestra atenta ante la feliz llegada de la esperanza, pero nada aparece, «Nada resuena». Sólo hay silencio, soledad en el mundo, oscuridad en el mar y un deseo por decir callado en la sangre.
            El posmodernismo es una tierra baldía de poetas errantes y malditos. Ya desde el epígrafe de Baudelaire observamos la soledad a que el poeta está confinado. Como el Ermita del Tarot, Pascual Buxó nos ofrece una poesía donde el tiempo, la soledad y la muerte son ejes clave para el desarrollo del poema. La poesía de Buxó es cíclica, siempre regresa al origen, a su punto de partida. Tiempo de soledad es el primer poemario con el que Buxó comienza su indagación poética para "clausurarla", años después, con Lugar del tiempo, la presencia del "tiempo" en su primer poemario, así como en el último, es capital para lograr el círculo poético donde se instaura su oscura percepción del mundo. La poesía de Buxó representa un ouroboros alquímico-poético donde el hombre, el poeta y la poesía se hacen presentes a través de sus silencios en abismo.

José Pascual Buxó
en las Sextas Jornadas de Poesía Latinoamericana
celebradas en Puebla durante el mes julio de 2011
como un homenaje a su poesía.

viernes, 22 de julio de 2011

Agonía y éxtasis

Cristo sangrante de la Catedral de Puebla

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lunes, 11 de julio de 2011

Apuntes hacia una identidad mexicana IV: Conclusiones

4. Apuntes hacia una identidad mexicana
A lo largo de estas disertaciones hemos sido testigos de diferentes discursos literarios históricos que buscan esclarecer la conformación de la cultura mexicana. Responder a la pregunta ¿qué es lo mexicano? no es una empresa sencilla. Dentro de esa pregunta están reunidos un poco más de quinientos años de guerras que han impedido la consolidación como nación debido a las terribles masacres y constantes cambios de gobierno e ideología.
            El mexicano, por naturaleza, es un individuo que vive y se refugia en la dualidad. Su concepción de lo real media entre la fantasía y existente. Quizá esto sea derivación del mestizaje entre las razas española e indígena que, como apunta Paz, son culturas esencialmente rituales. Por un lado tenemos a las culturas prehispánica y su tradicionalismo pagano. Los aztecas, por ejemplo, fue una cultura en su mayoría religiosa. Cualquier decisión del Estado, tenía que ser consultada previamente a los sacerdotes, quienes preveían en sus prácticas la pertinencia de sus actos. La cultura indígena ya traía consigo aquel rasgo de inseguridad y melancolía distintivo de la posterior cultura mexicana. Quizá su nostalgia devenga del sometimiento mexica del que fueron víctimas, no lo sabemos, pero es evidente la presencia una tristeza de la cultura náhuatl. Nezahualcóyotl, el poeta más grande quizá que el pasado indígena vio florecer, es un poeta melancólico. Sus poemas giran en torno al desprendimiento del ser de este mundo, a la fugacidad de la vida y a la caducidad de las cosas, no por nada su poesía contiene los siguientes versos: Será de oro, será de jade. Todos, águilas y tigres, de uno en uno nos iremos yendo a la región del misterio. Los versos anteriores son la esencia de su poesía y han sido citados como los recordamos en estos momentos. No cabe duda que Nezahualcóyotl dejaba entrever la melancolía indígena y su temor hacia lo venidero. En su poesía, los mexicas no tienen poemas de amor, pues éste, como lo conocemos es obra del ingenio occidental. Por esta parte, la indígena, el mexicano sufre de nostalgia y de temor hacia la vida. Tenemos arraigados una inseguridad milenaria con nosotros.
            Por la otra parte, la española, hemos adoptado una práctica sincrética con el culto indígena y es la vida ritual. Si por un lado ya nuestras prácticas eran religiosas por parte de nuestro pasado indígena, esto se refuerza en los tiempos de la Conquista y la Colonia, donde la nueva civilización de lo que ahora es México terminó por adoptar el catolicismo. Con el catolicismo, el mexicano terminó por adoptar muchas malas costumbres de los españoles como la búsqueda constante de una supuesta vida fácil basada en el ocio. Para los indígenas era impensable no trabajar, el sistema en el que vivían les obligaba a hacerlo, en cambio los españoles, sobre todo los que vinieron a hacer fortuna, eran individuos que basaban su fortuna en el robo y sometimiento del otro y sí por alguna razón sus acciones rebasaban los límites morales, el catolicismos simplemente redimía mediante la confesión a sus pecadores sin dejar caer sobre de ellos alguna acción penal, a menos que estos también faltaran el respeto a la iglesia y pudieran ser acusados de herejes.
            Entre muchas otras características indígenas y españolas, el mexicano lleva en su sangre, en sus genes y en su inconsciente los vicios y virtudes de estas dos razas, de ahí que viva en esta dualidad conformada por lo real y lo imaginario.
            Paz apunta muy certeramente al hecho de que la mexicanidad se distinga por su espíritu fiestero. A pesar de la gran pobreza en la que México se hunde, nunca falta ocasión para organizar una fiesta. Es en estos espacios donde el mexicano puede salir de su mundo individual y acercarse a sus amistades. El mexicano, como ya se vio, es tímido, y aprovecha las fiestas para dejar esto atrás y comportarse como realmente le gusta. Las fiestas son espacios para el derroche de sentimientos y emociones, el mexicano no se limita y de ahí que una de las constantes en nuestra cultura sean los altos índices de alcoholismo. Ya sea porque la celebración pertenece al Estado, a la Iglesia o a un asunto personal, las fiestas en México nunca faltan. Paz afirma que los grandes países rara vez tienen fiestas, de ahí su alta posición social y sus grandes avances. En las potencias nacionales no hay tiempo para la distracción intelectual ni el derroche, en cambio, los mexicanos tienen una continua tendencia por el ocio y la convivencia social en las fiestas.
            Ya dijimos que en las fiestas el mexicano presenta un derroche de emociones el cual puede, incluso, llegar a ser violento. El mexicano siempre se siente amenazado, de ahí que sus acciones sean a la defensiva. Aún cuando la interacción no tenga un carácter belicoso, el mexicano duda y no entrega su confianza ante nadie. Es inseguro y solitario, pero si la situación lo requiere, puede mostrarse "muy hombre" y bajo el himno de "váyanse todos a la chingada" defiende su hombría y valor como mexicanos. Paz apunta que en México todo está regido por la Chingada. Son comunes las expresiones: "no me chingues", "chingón", vete a la chingada", "soy muy chingón", "chingaquedito", "son chingaderas", etc. Paz dice que esto se podría tomar del hecho de que los españoles abusaron sexualmente durante la Conquista de las mujeres indígenas, lo que da por resultado que seamos hijos de la chingada en el sentido de violada. Somos hijos de mujeres violadas, a diferencia de los españoles que son hijos de Puta, una mujer que se entrega sexualmente por dinero a diferencia de la mexicana, que es tomada por la fuerza. Estos acontecimientos son los que han creado nuestros problemas de inseguridad y, también, los que han provocado en la sociedad mexicana el gran temor hacia la vida sexual propia o ajena.
            La cultura mexicana está llena de alusiones a la vida sexual a través del albur. Sin embargo, fuera del ámbito infamatorio o burlón. Lo sexual es casi indecible. Si somos hijos de la chingada, de la mujer violada y sobajada, entonces es menester en las mujeres el recato. La sociedad exige a la imagen femenina se mantenga dentro de los márgenes del pudor y a los hombres de la cortesía. No hablar de sexo sería lo ideal para nuestra cultura, sin embargo, el morbo –otra cualidad del mexicano– hace que le sea imposible dicha empresa. Ya sea que los individuos se coloquen debajo de un puente para mirar bajo las faldas femeninas o que sean receptores de las grandes empresas de marketing, el mexicano vive bajo un constante bombardeo mediático donde lo único que existe es sexualidad, ya sea exclusivamente en campañas que tiendan a lo erótico o en las de la pornografía. En México nadie habla de sexo, sin embargo lo vemos todos los días en casa y en la calle.
            Hablábamos líneas arriba del morbo como una característica más del mexicano. Esta conducta es poco descrita tanto en Ramos como en Paz, a pesar de ser tan común en nuestra sociedad. Los mexicanos son morbosos y chismosos. Existe una satisfacción personal cuando vemos, oímos o contamos las desgracias personales de los otros. Estas conductas no revelan otra cosa sino un espíritu fetichista. Cuando en México suceden desgracias la gente no huye, sino que permanece –como si su trabajo fuera de reportero– en el lugar de los hechos. Apenas ve que pasa o se detiene una patrulla o ambulancia, el mexicano corre y rodea la escena de la tragedia. Las publicaciones que más abundan en los puestos de periódicos, además de las pornográficas, son las de nota roja. El mexicano es un individuo que se refugia en sí mismo y que encuentra placer en la empresa del fetichismo, le gusta mirar y no hacer nada. No importa si lo que sus ojos miran es sexo o muertos. El mexicano goza de ver al otro desde la oscuridad de su ser.
            En los tiempos de desgracia o de desajustes económicos es donde también el mexicano deja ver de qué está hecho. Por herencia española más que indígena, el mexicano sabe robar, y cuando se trata de derechos de autor quizá sea donde más ingenio tenga. Los mexicanos no son –en general– muy inteligentes, pero su ingenio es capaz de dejar atrás al de los chinos si la situación así lo amerita. La piratería en México no tiene igual en México. Las calles están abarrotadas de objetos piratas que van desde películas hasta lo más impensable como lo son libros. Discos y ropa piratas se venden todos los días, es un mercado en el que incluso las autoridades legales están metidas. En México la piratería existe porque la corrupción es casi natural. Las cuotas que se dan a policías y "licenciados" por debajo del agua son, en realidad, el motor económico que mueve al país. Pero el ingenio no se limita exclusivamente a la piratería. Cuando son épocas de lluvia, de sequía o de cualquier otra circunstancia, el mexicano fabrica y/o consigue mercancías inimaginables. Gorras con ventilador o con popotes para beber, sombrillas para el sol que se ajustan en la cabeza o artículos que no superan los tres pesos, son ejemplos de la creatividad e ingenio mexicano para sortear las desgracias económicas del país.
            En México, a pesar de lo que diga Ramos, sí podemos decir que se piensa en el futuro, y esto se demuestra con la infinidad de artículos obsoletos que se guardan en casa. Es común encontrar vitrinas llenas de "recuerditos" de fiestas o cuartos que únicamente almacenan basura bajo el pretexto de que algún día nos serán útiles. Realmente sí podemos afirmar  que existe una previsión hacia el futuro. Aunque esta previsión no es en sí resultado de un pensamiento cauteloso sino más bien pasional. En México, a las cosas, se les atribuyen emociones y sentimientos, de ahí que se almacene tanta basura bajo la premisa de que "trae buenos recuerdos".
            Vasconcelos, Ramos y Paz fueron intelectuales que tenían en común la curiosidad por desentrañar el misterio de lo que somos. El mexicano es un individuo oscuro resultado de innumerables mestizajes. Año con año la independencia e identidad del mexicano es celebrado en las plazas públicas de todo el país. Frente a la bandera mexicana, el grito de nuestra sociedad se levanta unísono dejando escapar quizá la frase que quizá más nos distingue: "Viva México cabrones". Esta frase encierra todo el misterio de nuestro ser. No sabemos qué es México, sin embargo, estamos seguros de su supremacía. México es orgullo pero también misterio que se expresa in la infinidad de un laberinto cósmico.
Bibliografía
        Paz, Octavio (2000). El laberinto de la soledad. FCE, México
        Ramos, Samuel (2011). El perfil del hombre y la cultura en México. Planeta, México.
        Vasconcelos, José (2010). La raza cósmica. Porrúa, México.

Apuntes hacia una identidad mexicana III: Octavio Paz



3. Octavio Paz
            Si Vasconcelos y Samuel Ramos marcaron la historia de nuestro país con sus reflexiones sobre la sociedad y cultura mexicana, Octavio Paz no puede quedar fuera de la lista de pensadores nacionales que dan importancia a México y lo sitúan dentro del panorama histórico mundial. El laberinto de la soledad apareció justo a la mitad del siglo XX, dejando una marca profunda en el pensamiento mexicano moderno. En esta obra, Paz restituyó al mexicano su individualidad histórica al tiempo que lanza una severa crítica de los acontecimientos históricos nacionales.
            En el primer capítulo de esta obra, Paz habla sobre el pachuco, aquel mexicano residente en los Estados Unidos, concretamente Los Ángeles, y que reniega de su origen. En el pachuco, vemos la autodenigración de la que Ramos nos habla en su Perfil del hombre y la cultura en México, con la ligera diferencia de que el pachuco no usa la autodenigración de sus orígenes para parecer europeo o, en este caso, americano; el pachuco no quiere ser mexicano, pero tampoco estadounidense, es una raza en suspenso perdida en el espacio y el tiempo. Las características del pachuco son, en gran medida, las del pelado y, a pesar del distanciamiento geográfico y cultural que mantiene con México, aún perviven en él características de nuestro país, por ejemplo la religión. El pachuco es creyente, cree que el mundo se puede redimir, que el pecado y la muerte constituyen el fondo último de la naturaleza humana:
En cambio los mexicanos, antiguos ó modernos, creen en la comunión y en la fiesta; no hay salud sin contacto. Tlazoltéotl, la diosa azteca de la inmundicia y la fecundidad, de los humores terrestres y humanos, era también la diosa de los baños de vapor, del amor sexual y de la confesión. Y no hemos cambiado tanto: el catolicismo también es comunión. (Paz, 2000: 27)
            En "Máscaras mexicanas", segundo apartado del Laberinto de la soledad, Paz describe así al mexicano:
Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: "al buen entendedor pocas palabras". En suma, entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo, y de los demás. Lejos, también de sí mismo. (Paz, 2000: 32)
            En el primer apartado Paz reconoce la obra de Samuel Ramos utilizada para este ensayo. Es evidente la influencia de este pensador en el párrafo antes citado de Paz, así como en las líneas que están por venir. Paz reconoce en el mexicano su aspecto introvertido. El mexicano es individual y no necesita de otros para subsistir. Prefiere quedarse callado a pedir ayuda. En la cita anterior, la existencia del pelado y del mexicano de la ciudad confluyen y se funden en uno mismo. Y es que el mexicano finalmente es el mismo sin importar la clase social. Ya sea por sangre o por aculturación, el mexicano es un mestizo que lleva en su psique la historia tropezada de este país que es México.
            Y así como Ramos apunta que el pelado es de «muchos güevos», Paz dice que la "hombría" del mexicano consiste en no "rajarse", que a fin de cuentas es lo mismo. Es decir, ambos reconocen la necesidad del mexicano de mostrarse como un ser muy viril ante la sociedad. Para el mexicano, uno puede ser todo menos cobarde, la falta de valor hace de un individuo un sujeto de poca confianza.
            Dice Samuel Ramos que la característica principal del mexicano de la ciudad es la desconfianza, y Paz lo respalda al decir que el mexicano se caracteriza por su hermetismo, el cual es un recurso de recelo y desconfianza, la cual no es más que el resultado del largo proceso de sometimientos y abusos a los cuales nuestra cultura ha sido expuesta durante tantos siglos. A diferencia de otras culturas, el hombre mexicano no está dispuesto al combate, sino que se repliega y se muestra defensivo ante cualquier evento. El mexicano no busca la batalla, sino evitarla incluso antes de que suceda. El mexicano se distingue por su fuerza ante las desgracias:

El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad. (Paz, 2000: 34)
            El mexicano es amante de la Forma. La inclinación por lo cerrado y no lo abierto lo ejemplifica. La doble influencia cultural, indígena y española, nos ha acostumbrado a vivir con cierto ceremonialismo. La rutina rige nuestras vidas y se prefiere hacer todo con un orden ya establecido. Tenemos tendencia por el pensamiento ordenado, por el mundo de la fórmula y preferimos actuar de un mismo modo siempre a buscar constantemente nuevas maneras de hacer lo mismo. El mexicano es tradicionalista por excelencia.
Las complicaciones rituales de la cortesía, la persistencia del humanismo clásico, el gusto por las formas cerradas en la poesía (el soneto y la décima, por ejemplo), nuestro amor por la geometría en las artes decorativas, por el dibujo y la composición en la pintura, la pobreza de nuestro Romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco, el formalismo de nuestras instituciones políticas y, en fin, la peligrosa inclinación que mostramos por las fórmulas —sociales, morales y burocráticas—, son otras tantas expresiones de esta tendencia de nuestro carácter. El mexicano no sólo no se abre; tampoco se derrama. (Paz, 2000: 37-38)
            En la esfera de las relaciones cotidianas, el mexicano procura que imperen el pudor, el recato y la reserva ceremoniosa. El pudor nace de la vergüenza que sentimos ante la desnudez propia o ajena. Y no es que nuestro cuerpo nos dé vergüenza, es algo que afrontamos con total naturalidad, pero las miradas extrañas nos sobresaltan porque el cuerpo descubre la intimidad. El pudor se convierte entonces en una cualidad defensiva y por eso la virtud que más estimamos en la mujeres es el recato, como en los hombres la reserva.
            La mentira es otra característica del mexicano, Mentimos por placer y fantasía, pero también para ocultarnos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, en la amistar, en el amor. Con ella no pretendemos engañar solamente a los demás, sino a nosotros mismos. El simulador pretende ser lo que no es. Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y deseamos ser. Respecto a las mentiras amorosas, es interesante lo que Paz señala:
Narcisismo y masoquismo no son tendencias exclusivas del mexicano. Pero es notable la frecuencia con que canciones populares, refranes y conductas cotidianas aluden al amor como falsedad y mentira. Casi siempre eludimos los riesgos de una relación desnuda a través de una exageración, en su origen sincera, de nuestros sentimientos. Asimismo, es revelador cómo el carácter combativo del erotismo se acentúa entre nosotros y se encona. El amor es una tentativa de penetrar en otro ser, pero sólo puede realizarse a condición de que la entrega sea mutua. (Paz, 2000: 45)
            La disimulación es una característica del mexicano que, quizá, venga desde la Colonia. Dice Paz que el que disimula quiere hacerse invisible, pasar inadvertido. El mexicano disimula.: "Temeroso de las miradas ajenas, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma, eco". (Paz, 2000: 46)
Defensa frente al exterior o fascinación ante la muerte, el mimetismo no consiste tanto en cambiar de naturaleza como de apariencia. Es revelador que la apariencia escogida sea la de la muerte o la del espacio inerte, en reposo. Extenderse, confundirse con el espacio, ser espacio, es una manera de rehusarse a las apariencias, pero también es una manera de ser sólo Apariencia. (Paz, 2000: 48)
            El mexicano tiene temor a las apariencias, por eso disimula su existencia hasta confundirse con su entorno. La disimulación mimética, es una de las tantas formas de nuestro hermetismo. El mexicano oculta su ser, a veces hasta negarlo.
            Por su ascendencia indígena y española, México es un país fundado en las tradiciones de culto, razón por la que nuestra cultura celebra fiesta siempre que puede. México se caracteriza por un espíritu festivo excesivo. Siempre festejamos algo: nacimientos, bautizos, bodas, quince años, divorcios, futbol, graduaciones, noviazgos, Semana Santa, Navidad, Día de muertos, cumpleaños, santos, fines de semana y un largo etcétera. Aquí todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para celebrar y escapar, aunque sea por un corto tiempo, de la rutina. En México se puede hablar prácticamente de un arte de la fiesta.
Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares. Los países ricos tienen pocas: no hay tiempo, ni humor. Y no son necesarias; las gentes tienen otras cosas que hacer y cuando se divierten lo hacen en grupos pequeños. Las masas modernas son aglomeraciones de solitarios. En las grandes ocasiones, en París o en Nueva York, cuando el público se congrega en plazas o estadios, es notable la ausencia del pueblo: se ven parejas y grupos, nunca una comunidad viva en donde la persona humana se disuelve y rescata simultáneamente. Pero un pobre mexicano ¿cómo podría vivir sin esas dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria? Las fiestas son nuestro único lujo; ellas sustituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, al "week end" y al "cocktail party" de los sajones, a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos. (Paz, 2000: 52)
            Es en el plano de las fiestas donde los mexicanos poseen una de las más extrañas en todo el mundo y es la del Día de muertos. En esta fiesta, se cree que los muertos regresan del más allá para convivir nuevamente con sus seres queridos que siguen con vida. Durante estas fechas, que son en noviembre, se hacen ofrendas y fiestas en casas e iglesias. Distinto a otros países, en México la muerte no inspira temor, aquí uno se burla de ella, le hace canciones, la frecuenta, le rinde culto, duerme con ella, la festeja. La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia de morir sino también de vivir. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta.
El mexicano, según se ha visto en las descripciones anteriores, no trasciende su soledad. Al contrario, se encierra en ella. Habitamos nuestra soledad como Filoctetes su isla, no esperando, sino temiendo volver al mundo. No soportamos la presencia de nuestros compañeros. Encerrados en nosotros mismos, cuando no desgarrados y enajenados, apuramos una soledad sin referencias a un más allá redentor o a un más acá creador. Oscilamos entre la entrega y la reserva, entre el grito y el silencio, entre la fiesta y el velorio, sin entregamos jamás. Nuestra impasibilidad recubre la vida con la máscara de la muerte; nuestro grito desgarra esa máscara y sube al cielo hasta distenderse, romperse y caer como derrota y silencio. Por ambos caminos el mexicano se cierra al mundo: a la vida y a la muerte. (Paz, 2000: 70-71)


Bibliografía

        Paz, Octavio (2000). El laberinto de la soledad. FCE, México
        Ramos, Samuel (2011). El perfil del hombre y la cultura en México. Planeta, México.
        Vasconcelos, José (2010). La raza cósmica. Porrúa, México.



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